Convivir en el matrimonio: el arte de perdonar

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Una reflexión previa
Cuando hablamos del auténtico perdón, nos movemos en un terreno profundo. Consideramos una herida en el corazón, causada por la libre actuación de otro. Todos sufrimos, de vez en cuando, injusticias, humillaciones y rechazos; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en la propia familia. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares”, dicen los árabes.

No sólo existe la ruptura tajante de las relaciones humanas. Hay muchas formas distintas de infidelidad y corrupción. El amor se puede enfriar por el desgaste diario, por desatención y estrés, puede desaparecer oculta y silenciosamente. Hasta matrimonios aparentemente muy unidos pueden sufrir “divorcios interiores”: viven exteriormente juntos, sin estar unidos interiormente, en la mente y en el corazón; conviven soportándose.

Frente a las heridas que podamos recibir en el trato con los demás, es posible reaccionar de formas diferentes. Podemos pegar a los que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores, o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más. Sólo en el perdón brota nueva vida.

El perdón consiste en renunciar a la venganza y querer, a pesar de todo, lo mejor para el otro. La tradición cristiana nos ofrece testimonios impresionantes de esta actitud. No sólo tenemos el ejemplo famoso de San Esteban, el primer mártir, que murió rezando por los que le apedreaban. En nuestros días hay también muchos ejemplos. En 1994 un monje trapense llamado Christian fue matado en Argelia junto a otros monjes que habían permanecido en su monasterio, pese a estar situado en una región peligrosa. Christian dejó una carta a su familia para que la leyeran después de su muerte. En ella daba gracias a todos los que había conocido y señalaba: “En este gracias por supuesto os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy… Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo. Que se nos conceda volvernos a ver, ladrones felices, en el paraíso, si le place a Dios nuestro Padre”[1].

Pensamos, quizá, que estos son casos límites, reservados para algunos héroes; son ideales bellos, más admirables que imitables, que se encuentran muy lejos de nuestras experiencias personales. ¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar, por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Éstas son algunas de las situaciones existenciales en las que conviene plantearse la cuestión.

I. ¿Qué quiere decir “perdonar”?
¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: “Te perdono”? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que rechazo la venganza y los rencores, y me dispongo a ver al agresor como una persona digna de compasión. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.

1. Reaccionar ante un mal

En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él, ni mucho menos. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: “No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de treinta años”. El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.

Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. “No importa” si los otros no les dicen la verdad; “no importa” cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; “no importan” tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar[2].

Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.

2. Actuar con libertad

El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio “ojo por ojo, diente por diente”[3]. El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy “re-accionando”, de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.

Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma[4]. El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas”.

En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, “porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado”[5]. La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.

Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.

Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico[6]. Se puede perdonar llorando.

Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. “Las heridas se cambian en perlas”, dice Santa Hildegarda de Bingen.

3. Recordar el pasado

Es una ley natural que el tiempo “cura” algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la “caducidad de nuestras emociones”[7]. Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene ciertas “ganas de vivir”. Un determinado estado psíquico −por intenso que sea− de ordinario no puede convertirse en permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.

La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente en “borrón y cuenta nueva”. Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.

Hace falta “purificar la memoria”. Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.

4. Renunciar a la venganza

Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la casa; todos murieron. “Sé que es horrible −dijo el oficial−. Durante las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón”. Wiesenthal concluye su relato diciendo: “De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la habitación”[8]. Otro judío añade: “No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno”[9].

Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten. “Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño”, es uno de sus lemas[10]. Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá también de algunos “gurús” asiáticos que viven solitarios en su “magnanimidad”. No se dignan mirar siquiera a quienes “absuelven” sin ningún esfuerzo. No perciben la existencia del “pulgón”.

El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.

5. Mirar al agresor en su dignidad personal

El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto.

El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra[11]. Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: “Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás”[12]. Cada persona está por encima de sus peores errores.

Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX. Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si perdonaba a sus enemigos. “No es posible −respondió el general−. Les he mandado ejecutar a todos”[13].

El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.

Al perdonar, decimos a alguien: “No, tú no eres así. ¡Sé quién eres! En realidad eres mucho mejor”. Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?
Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.

1. Amor

Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.

Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.

Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: “Es bueno que existas”[14]. Hace falta no sólo “estar aquí”, en la tierra, sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación[15].

Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: “Te necesito para ser yo mismo”.

Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la “desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo”, y no llega a serlo, porque los otros lo impiden[16].

Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.

2. Comprensión

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que “merece”; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.

Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero “tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle”, advierte el filósofo Robert Spaemann[17]. Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: “no sabemos lo que hacemos”[18]. Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a “analizar” lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.

Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: “Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese”.

3. Generosidad

Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.

El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. A veces, no hay soluciones en el mundo exterior. Pero, al menos, se puede mitigar el daño interior, con cariño, aliento y consuelo. “Convenceos que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad −afirma San Josemaría Escrivá… La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo”[19]. Y Santo Tomás resume escuetamente: “La justicia sin la misericordia es crueldad”[20].

El perdón trata de vencer el mal por la abundancia del bien[21]. Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.

El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.

Hay un modo “impuro” de perdonar[22], cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: “Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores”. Pueden ser fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: “Te perdono porque te quiero −a pesar de todo”.

Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe por qué.

4. Humildad

Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.

Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. “Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)”[23]. Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.

Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo- conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario “cambiar la silla”, al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.

El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y “puro”, la víctima debe evitar hasta la menor señal de una “superioridad moral” que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.

Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.

5. Abrirse a la gracia de Dios

No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad.

Pero un cristiano nunca está solo. Puede contar en cada momento con la ayuda todopoderosa de Dios y experimentar la alegría de ser amado. El mismo Dios le declara su gran amor: “No temas, que yo… te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán… Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero”[24].

Un cristiano puede experimentar también la alegría de ser perdonado. La verdadera culpabilidad va a la raíz de nuestro ser: afecta nuestra relación con Dios. Mientras en los Estados totalitarios, las personas que se han “desviado” −según la opinión de las autoridades− son metidas en cárceles o internadas en clínicas psiquiátricas, en el Evangelio de Jesucristo, en cambio, se les invita a una fiesta: la fiesta del perdón. Dios siempre acepta nuestro arrepentimiento y nos invita a cambiar[25]. Su gracia obra una profunda transformación en nosotros: nos libera del caos interior y sana las heridas.

Siempre es Dios quien ama primero y es Dios quien perdona primero[26]. Es Él quien nos da fuerzas para cumplir con este mandamiento cristiano que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los enemigos[27], perdonar a los que nos han hecho daño[28]. Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia moral −como Dios te ha perdonado a ti, tú tienes que perdonar a los prójimos− cuanto de un imperativo existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes por menos que perdonar al otro. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.

El perdón forma parte de la identidad de los cristianos; su ausencia significaría, por tanto, la pérdida del carácter de cristiano. Por eso, los seguidores de Cristo de todos los siglos han mirado a su Maestro que perdonó a sus propios verdugos[29]. Han sabido transformar las tragedias en victorias.

También nosotros podemos, con la gracia de Dios, encontrar el sentido de las ofensas e injusticias en la propia vida. Ninguna experiencia que adquirimos es en vano. Muy por el contrario, siempre podemos aprender algo. También cuando nos sorprende una tempestad o debemos soportar el frío o el calor. Siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos. Gertrud von Le Fort dice que no sólo el claro día, sino también la noche oscura tiene sus milagros. ”Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación”[30].

Reflexión final
Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.

Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Es comprensible que una madre no pueda perdonar enseguida al asesino de su hijo. Hay que dejarle todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su herida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo[31]. En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos; seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. Sólo una persona de alma muy pequeña puede escandalizarse de ello.

Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. “Con mi Dios, salto los muros”, canta el salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.

Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: “¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona”.

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[1] Ch. DE CHERGÉ, Testament spirituel (1994), en B. CHENU, L’invincible espérance, Paris 1997, p.221.

[2] Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos del perdón. Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1-I-1997.

[3] Mt 5,38.

[4] M. SCHELER, Das Ressentiment im Aufbau der Moralen, en Vom Umsturz der Werte, Bern 51972, pp.36s.

[5] P. RAYBON, My First White Friend, New York 1996, p.4s.

[6] Cfr. D. von HILDEBRAND, Moralia, Werke IX, Regensburg 1980, p.338.

[7] A. KOLNAI, Forgiveness, en B. WILLIAMS; D. WIGGINS (eds.), Ethics, Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai, Indianapolis 1978, p.95.

[8] Cfr. S. WIESENTHAL, The Sunflower. On the Possibilities and Limits of Forgiveness, New York 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta abierta para este autor. Cfr. IDEM, Los límites del perdón, Barcelona 1998.

[9] P. LEVI, Sí, esto es un hombre, Barcelona 1987, p.186. Cfr. IDEM, Los hundidos y los salvados, Barcelona 1995, p.117.

[10] Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo. Cfr. EPICTETO, Handbüchlein der Moral, ed. por H. Schmidt, Stuttgart 1984, p.31. Los mártires de todos los tiempos sabían interpretar estas palabras de un modo cristiano.

[11] El odio no se dirige a las personas, sino a las obras. Cfr. Rm 12,9. Apoc 2,6.

[12] A. CAMUS, Carta a un amigo alemán, Barcelona 1995, p.58.

[13] Cfr. M. CRESPO, Das Verzeihen. Eine philosophische Untersuchung, Heidelberg 2002, p.96.

[14] J. PIEPER, Über die Liebe, München 1972, p.38s.

[15] Cfr. ibid., p.47.

[16] S. Kierkegaard, Die Krankheit zum Tode, München 1976, p.99.

[17] R. SPAEMANN, Felicidad y benevolencia, Madrid 1991, p.273.

[18] Pero también existe un no querer ver, una ceguera voluntaria. Cfr. D. von HILDEBRAND, Sittlichkeit und ethische Werterkenntnis. Eine Untersuchung über ethische Strukturprobleme, Vallendar 31982, p.49.

[19] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, n.172.

[20] TOMÁS DE AQUINO, In Matth., 5,2.

[21] Cfr. Rm 12,21.

[22] Cfr. V. JANKÉLÉVITCH, El perdón, Barcelona 1999, p.144.

[23] A. CENCINI, Vivir en paz, Bilbao 1997, p.96.

[24] Is 43,1-4.

[25] “No peques más.” Jn 8,11.

[26] Nuestro perdón es una consecuencia del perdón que hemos recibido. Cfr. Mt 18,12-14. Lc 19,1-10. Ef 4,32-5,2. Col 3,13.

[27] Cfr. Mt 5,43-48. En cambio, Lev 19,18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

[28] Cfr. Mt 5,23-24; 6,12. Mc 11,25. Lc 11,4.

[29] Cfr. Lc 23,34.

[30] G. von LE FORT, Unser Weg durch die Nacht, en Die Krone der Frau, Zürich 1950, pp.90s.

[31] Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae I-II, q.22.

Jutta Burggraf fue Profesora de Teología Dogmática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Falleció el 5 de noviembre de 2010.

https://www.almudi.org/articulos/9402-convivir-en-el-matrimonio-el-arte-de-perdonar

Filiación divina e intimidad con Dios

rezar
I. AMOR Y PATERNIDAD DE DIOS

Hay dos realidades divinas, estrechamente unidas, que Juan Pablo II nos presenta particularmente a nuestra consideración y a nuestra vida en este último año de preparación del jubileo (1). Las podemos expresar con palabras del apóstol San Juan, en su primera epístola: «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8); «Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!» (1 Jn 3, 1). Dios es mi Padre y me ama como tal. Más aún, su misma esencia es amar; de forma que nadie puede amar como Él; y ese amor infinito y paternal no lo reserva para la intimidad de su vida trinitaria, sino que lo vuelca en cada uno de nosotros como verdaderos hijos suyos.

En efecto, el mismo San Juan nos ayuda a comprender mejor qué significa y cómo se manifiesta el amor paternal de Dios por nosotros: «En esto se demostró entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que recibiéramos por Él la vida. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó, y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 9-10).

Es el mismo Amor con el que Dios Padre ama a su Hijo, en la intimidad de la vida intratrinitaria (Amor paterno-filial, que es una Persona divina: el Espíritu Santo), aquél con el que Dios nos ama; y lo demuestra precisamente dándonos a su Hijo. También dándonos a su Espíritu, como hemos meditado a fondo en el año que acaba de terminar; pero ahora la Iglesia nos invita, por decirlo así, a cerrar el ciclo trinitario: en Jesucristo y en el Espíritu Santo descubrimos de verdad lo que significa que Dios sea Padre; y sobre todo, que sea un Padre profunda e íntimamente enamorado de sus hijos; de cada hijo -de mí-, porque es muy importante comprender que el Amor de Dios es singular y personal con cada uno, como si cada uno fuera su único hijo, porque nos hace partícipes en la filiación de Jesucristo, el Unigénito bien Amado. El número no cuenta para la infinita capacidad del Amor paternal divino. Más aún, nuestro Padre Dios no sólo ama a cada uno con todo ese Amor que es su misma esencia, sino a cada uno como es, con su personalidad propia, recibida singularmente de Él como Padre, en la creación natural y en la recreación sobrenatural.

Por otra parte, en el último texto citado, San Juan habla expresamente del sacrificio de Jesucristo como la gran prueba de ese amor paternal de Dios por nosotros. No podemos detenernos aquí en este aspecto, central por lo demás en nuestra fe y en la vida espiritual de cada uno; pero sí quiero subrayar, al menos, que la meditación del misterio de la Cruz no sólo nos ayuda a valorar el amor divino-humano del propio Jesucristo por nosotros, sino también el amor de su Padre en cuanto Padre suyo y nuestro, y el del Espíritu Santo, que los dos nos envían como artífice personal en cada cristiano de esa obra redentora que arranca de la Cruz.

Así presenta ese amor trinitario por nosotros el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, que profundizó particularmente, en su experiencia personal y en su enseñanza, en la realidad y el sentido de la filiación divina: «El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestro corazones» (2).

II. INTIMIDAD MATERNO-FILIAL CON DIOS

Lo dicho hasta aquí es ya muy importante, pero en estas páginas deseo sobre todo subrayar algo más: la estrecha intimidad en que Dios quiere vivir ese amor paternal y maternal con cada uno de nosotros, en la medida en que libremente le dejemos entrar en nuestra alma. Y digo paternal y maternal, porque en Dios se da, en efecto, multiplicado hasta el infinito, todo lo bueno del amor de una madre y de un padre humanos; sin mezcla, además, de ninguna de las limitaciones e imperfecciones que se pueden presentar en el amor humano.

Sabemos bien que no tiene ningún sentido hablar de sexo en Dios (el uso más habitual de la palabra Padre, y no de Madre, no conlleva ninguna connotación sexual); y conocemos la dificultad de expresar con palabras y conceptos humanos el misterio divino. Por eso, el recurso a la analogía con el amor paternal y maternal nos ayuda, al menos, a intuir algo de lo que significa esa intimidad de amor entre el alma cristiana y Dios; pero quedando en la oscuridad del misterio mucho más de lo que se nos desvela; lo cual, a su vez, nos permite redescubrir continuamente las maravillas del amor divino y soñar con algo todavía mucho mayor: «Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2).

Con las limitaciones señaladas, me parece oportuno en este punto subrayar tanto la analogía maternal como la paternal, pues, cuando la misma Escritura quiere expresar lo más íntimo y tierno de ese amor divino, recurre precisamente al vocabulario femenino: «Sus niños de pecho en brazos serán llevados y sobre las rodillas serán acariciados. Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré» (Is 66, 12-13); «¿acaso olvida una madre a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella llegase a olvidar, yo no te olvido» (Is 49, 15). Muy significativo de esa intimidad que queremos subrayar es el hecho de que el Señor hable no sólo de la relación materno-filial, sino de la unión entre una madre y su hijo recién nacido: en los momentos en que esa intimidad es todavía mayor si cabe; un tiempo en el que, por una parte, el hijo necesita completamente a su madre, y por otra, la ternura de la madre hacia él se muestra con mayor intensidad, y con mayor sensibilidad también.

En esta forma de tratarnos íntimamente, Dios realiza un misterioso pero verdadero acto, no sólo de amor, sino también de humildad y de entrega respecto a nosotros: quizá precisamente, porque no se pueden separar esas tres realidades: amor, entrega y humildad (3). Así lo expresa San Juan de la Cruz, comentando uno de los textos citados del profeta Isaías: «Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare. Porque aún llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma -¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!-, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si Él fuese su siervo y ella fuese su señor; y está tan solícito en la regalar, como si Él fuese su esclavo y ella fuese su Dios. ¡Tan profunda es la humildad y dulzura de Dios! Porque Él en esta comunicación de amor en alguna manera ejercita aquel servicio que dice Él en el Evangelio que hará a sus escogidos en el cielo, es a saber, que, ‘ciñéndose, pasando de uno en otro, los servirá’ (Lc 12, 37). Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos; en lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías que dice: ‘A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados’ (Is 66, 12)» (4).

Con estos rasgos de intimidad y ternura, audaces pero verdaderos, se nos presenta el amor paterno-maternal de Dios por nosotros. Pero si Dios es verdaderamente Padre, nosotros somos verdaderamente hijos; y si Él muestra su cariño con esa ternura e intimidad, la respuesta filial de un hijo de tal Padre debe mostrar los mismos acentos afectivos; aunque desde la perspectiva del hijo. Es decir: intimidad grande, sí; pero Él es el Padre, y yo soy el hijo o la hija; y no al revés (5). En particular, si al Señor le gusta especialmente amarnos como una madre a su hijo recién nacido -porque eso es lo que somos-, es lógico que nos invite a su vez a responder a ese amor como niños, como hijos pequeños (6).

Bella y claramente lo expresa San Francisco de Sales: «’Si no os hacéis sencillos como niños, no entraréis en el reino de mi Padre (Mt 10, 16)’. En tanto que el niño es pequeñito, se conserva en gran sencillez; conoce sólo a su madre; tiene un solo amor, su madre; una única aspiración, el regazo de su madre; no desea otra cosa que recostarse en tan amable descanso. El alma completamente sencilla sólo tiene un amor, Dios; y en este único amor, una sola aspiración, reposar en el pecho del Padre celestial, y aquí establecer su descanso, como hijo amoroso, dejando completamente todo cuidado a Él, no mirando a otra cosa sino a permanecer en esta santa confianza» (7). Nuestra respuesta a la ternura maternal de Dios debe presentar, pues, los rasgos de sencillez, confianza y abandono filial característicos del hijo pequeño.

III. INTIMIDAD Y OSADÍA DEL AMOR FILIAL

Retomando una idea apuntada al principio, podemos afirmar que la Encarnación del Hijo de Dios, Verbo e Imagen del Padre, acentúa esos rasgos de intimidad y ternura del amor divino por cada uno de nosotros; porque en el amor humano de Jesús -con corazón humano, con alma humana, con sensibilidad humana; plenamente humano, sin dejar de ser divino-, no sólo encontramos su amor, sino también el del Padre. El amor paterno-maternal de Dios, en toda su infinitud divina, se hace también humano, plenamente humano, en Cristo; de forma que cada uno de nosotros puede sentir en todo su ser humano, desde el fondo del alma hasta los sentidos corporales, toda la fuerza divina del amor de Dios. No olvidemos, en particular, los rasgos del amor entre Jesús y San Juan evangelista que nos presenta la Escritura: el trato personal concreto entre ambos, unido a la doctrina con que hemos iniciado esta reflexión; rasgos cargados de contenido humano -incluso sensible-, pero, al mismo tiempo, de una penetración profundísima en el misterio de la intimidad entre Dios Padre y su Hijo unigénito.

Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, a través de sus respectivas misiones en la Iglesia y en nuestras almas, nos abren, en efecto, los secretos de la intimidad trinitaria y nos introducen real y vitalmente en ella; particularmente en el amor paternal de Dios, hasta el punto de que podemos tratarle filialmente incluso con las mismas palabras con que Jesús le trata. Él mismo, en efecto, nos ha enseñado a rezar el «Padre nuestro».

Aunque haya una diferencia clara entre la filiación natural de Jesucristo y nuestra filiación adoptiva, ésta es tan verdadera como aquélla, precisamente porque es participación en la filiación de Jesús (no sólo es un nombre, nos ha dicho San Juan: «¡lo somos!»). Por tanto, podemos usar con Dios hasta la forma más íntima, más tierna, más cariñosa de dirigirse un hijo a su Padre, la misma que usa continuamente Jesús en su oración. Más aún, es el mismo Espíritu Santo el que nos está invitando y moviendo a hacerlo así: «Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. En efecto, no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rom 8, 14-16); «Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que ya no eres siervo, sino hijo» (Gal 4, 6-7).

En respuesta al amor paternal divino, por tanto, el hijo de Dios manifiesta su actitud filial particularmente en su oración, en su forma de hablar con Dios, de tratarle. Así lo enseña con frecuencia el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: «Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre -¡tu Padre!- lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces, y dile -a solas- que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo» (8).

De esta intimidad de trato y de esta confianza filial, brota también la audacia, la osadía. Dios Padre, personalmente y a través de su Hijo y su Espíritu, nos ha mostrado un amor audaz, osado: la «locura» de la Cruz, sin ir más lejos. De hecho, en la enseñanza del Beato Josemaría, a la que acabamos de hacer referencia, no se puede separar el sentido de la filiación divina de la identificación con Cristo en la Cruz: «Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y por eso, ser hijo de Dios» (9).

El hijo, el buen hijo, por tanto, no puede quedarse corto en su respuesta. En particular, no debe ni puede contenerse en sus manifestaciones de cariño hacia el mismo Señor. Gráficamente lo enseñó Santa Teresa del Niño Jesús cuando, al mostrarle una estampa que representaba a Jesucristo con dos niños, el más pequeño de los cuales estaba sobre sus rodillas y el otro a sus pies besándole la mano, comentó: «Yo soy ese pequeñito que se ha subido al regazo de Jesús, que estira tan graciosamente su piernecita, que levanta la cabecita y le acaricia sin temor. El otro pequeño no me gusta tanto. Se comporta como una persona mayor; le han dicho algo…, sabe que hay que tratar con respeto a Jesús» (10).

Es decir, no basta con ser hijo de Dios, hay que comportarse como tal; no basta con ser niño, hay que comportarse como niño. El niño es audaz en su trato, audaz en sus deseos, audaz en su forma de proponérselos y de buscarlos. Oigamos de nuevo al Beato Josemaría: «Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. ¿Quién pide… la luna? ¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo?» (11). Es la respuesta que Dios mismo espera a su audacia enamorada mostrada en la Encarnación, en la Cruz, en la Sagrada Eucaristía,… y en su Misericordia.

IV. LA MISERICORDIA PATERNAL DE DIOS

Precisamente la Misericordia divina es uno de los rasgos más significativos del amor paternal de Dios, y uno de los puntos principales que el Papa nos invita a meditar y a «disfrutar», podríamos decir, en este año 1999. La conmovedora parábola del hijo pródigo viene a ser la expresión cumbre de esa misericordia paternal, mostrada continuamente en el Evangelio a través de la actitud de Jesucristo hacia los pecadores, y hecha presente una y otra vez en la historia de la Iglesia y en la vida de cada cristiano por medio del sacramento de la Penitencia (12).

Una vez más, conviene repetir el argumento: a la actitud paterno-maternal que Dios nos muestra en su misericordia -entrañable, íntima, cariñosa, entregada-, debe responder una verdadera actitud filial, para que el perdón de Dios se pueda volcar en el alma con toda su fuerza y eficacia, y con toda su «paternidad». De nuevo, nos puede ayudar a entenderlo -y a practicarlo- la enseñanza viva y gráfica de la última doctora de la Iglesia: «Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: ‘Dame un beso, no lo volveré a hacer’, ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles…? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado…» (11).

Para responder así a la misericordia divina, y poder por tanto «aprovecharse» plenamente del cariño paterno-maternal de Dios, es muy importante dejarse deslumbrar, entusiasmar con esas manifestaciones de amor divino, como vemos que hacen los santos. No es tanto un problema de reflexión teórica sobre lo que significa la misericordia de Dios, sino de experimentarla de forma viva; y se experimenta cuando el alma se abre sin complejos a esa realidad, que nuestro Padre Dios no deja de ofrecer continuamente a cualquier hija e hijo suyo. Así, por ejemplo, abría su corazón y se dejaba arrebatar con toda sencillez Santa Teresa de Jesús:

«¡Oh, Jesús mío! ¡Qué es ver un alma que ha llegado aquí caída en un pecado, cuando Vos por vuestra misericordia la tornáis a dar la mano y la levantáis! ¡Cómo conoce la multitud de vuestras grandezas y misericordias y su miseria! Aquí es el deshacerse de veras y conocer vuestras grandezas; aquí el no osar alzar los ojos; aquí es el levantarlos para conocer lo que os debe; aquí se hace devota de la Reina del Cielo para que os aplaque; aquí invoca los santos que cayeron después de haberlos Vos llamado, para que la ayuden; aquí es el parecer que todo le viene ancho lo que le dais, porque ve no merece la tierra que pisa; el acudir a los Sacramentos; la fe viva que aquí le queda de ver la virtud que Dios en ellos puso; el alabaros porque dejaste tal medicina y ungüento para nuestras llagas, que no las sobresanan, sino que del todo las quitan. Espántanse de esto. Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?; que no sé cómo no se me parte el corazón cuando esto escribo, porque soy ruin» (13).

Permítaseme aprovechar la ocasión de esta cita para subrayar algo que me parece muy importante: lo que ha hecho grande a Santa Teresa, y a cualquier otra santa o santo, es precisamente esa forma humilde, sencilla, íntima, enamorada, ardiente, de tratar al Señor, porque se dejan conmover por el amor divino; y esta actitud es perfectamente asequible a cualquier ser humano, porque para cualquier hombre o mujer Dios es así de Padre, así de misericordioso; la Virgen, así de Madre; los sacramentos, así de eficaces; etc. No nos debemos dejar anonadar por sucesos puntuales de la vida de algunos santos, como, por ejemplo, la transverberación de la propia Santa Teresa; porque precisamente ese hecho extraordinario no es sino un signo -para ella y para nosotros- de lo que significa realmente abrir el corazón a Dios y dejarse «herir» de amor. Santa Teresa no fue santa porque un ángel le clavara una saeta encendida en el corazón, sino porque permitió que Dios incendiara su corazón con el amor divino, el mismo amor que está llamando a la puerta de cada uno de nuestros corazones; mientras el ángel, la saeta y el cuerpo en éxtasis de la santa nos quedan como un recordatorio gráfico de lo que real, pero espiritualmente, debe ocurrir en el fondo de nuestra alma.

Insistamos todavía un poco más en las grandezas de la misericordia paternal de Dios, con palabras ahora de Santa Catalina de Siena, que, repasando toda la actividad misericordiosa divina, tampoco se puede contener al descubrir y sentir a fondo esas maravillas, y se expresa así en su impresionante e íntimo diálogo con Dios Padre:

«¡Oh misericordia eterna, que ocultas los defectos de tus criaturas! No me maravillo que digas a los que se apartan del pecado y vuelven a ti: ‘No me acordaré de que alguna vez me has ofendido’ (Ez 18, 21-22). ¡Oh misericordia inefable! No me maravillo que digas esto a los que salen del pecado, cuando dices de los que te persiguen: ‘Quiero que oréis por ellos, para que yo les otorgue misericordia’. ¡Oh misericordia, que procede de tu divinidad, Padre eterno, y que gobierna con tu poder el mundo entero! En tu misericordia fuimos creados, en tu misericordia fuimos creados de nuevo por la sangre de tu Hijo; tu misericordia nos conserva; tu misericordia hizo que tu Hijo usara sus brazos en el madero de la cruz para la lucha de la muerte con la vida y de la vida con la muerte (…).

Tu misericordia da vida, da luz para conocer tu clemencia para con toda criatura: con los justos y con los pecadores. En las alturas del cielo brilla tu misericordia, esto es, en tus santos. Si fijo mi mirada en la tierra, la veo rebosar de tu misericordia. En las tinieblas del infierno brilla tu misericordia al no imponer a los condenados tantas penas como se merecen. Con tu misericordia mitigas la justicia; por ella nos has purificado en la sangre; por misericordia quisiste trato con las criaturas. ¡Oh loco de amor! ¿No te contentaste con tomar la carne humana, que hasta quisiste morir? ¿No fue suficiente la muerte, que hasta bajaste al infierno, liberando a los santos padres para cumplir la verdad y misericordia con ellos? (…).

Veo que la misericordia te obliga a dar aún más al hombre, o sea, quedándote como comida, para que nosotros, débiles, tuviéramos alimento, y para que los ignorantes, desmemoriados, no perdieran el recuerdo de tus beneficios. Por esto se lo das al hombre todos los días, haciéndote presente en el sacramento del altar, dentro del cuerpo místico de la santa Iglesia. ¿Quién ha sido la causa de esto? Tu misericordia.

¡Oh misericordia! El corazón se sofoca pensando en ti, pues dondequiera que intente fijar mi pensamiento no encuentro más que misericordia. ¡Oh Padre eterno!, perdona mi ignorancia, pero el amor a tu misericordia me excusa ante tu benevolencia» (15).

Aprovechando esta expresiva muestra de lo que significa comprender la misericordia de Dios y dejarse conducir por ella, resulta significativo recordar también las expresiones de cariño paterno-divino, recogidas en el mismo Diálogo de la Santa sienense, salidas continuamente de la boca de Dios Padre: «¡Oh hija queridísima!»; «¡Oh dilectísima y queridísima hija!»; «¡dulcísima hija mía!»,…

Volvemos, pues, con estas expresiones, al principio de nuestra reflexión. De hecho, hay una relación estrechísima entre el amor que Dios nos tiene y nos manifiesta, y aquél que nosotros le tenemos y le manifestamos, pues «la caridad es una participación en la caridad infinita que es el Espíritu Santo» (16); amamos a Dios, porque participamos en el mismo amor que Dios Padre tiene por su Hijo, del cual procede el Espíritu Santo; es decir, participamos en lo más íntimo de Dios: Él mismo quiere abrirnos su intimidad, introducirnos en ella, que vivamos de ella, como hijos queridísimos, «dulcísimos» siempre para Él, a pesar de nuestras miserias, que su Misericordia se apresta continuamente a limpiar y perdonar.

Notas

(1) Cfr. Juan Pablo II, carta apostólica Tertio millenio adveniente, nn. 49-50.

(2) Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 84.

(3) Esa relación me parece una de las cuestiones clave de la Teología espiritual, aunque no es éste el momento de desarrollarla.

(4) San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, canción 27, 1.

(5) Como expresión piadosa, cabe la posibilidad de tratar a Dios como «hijo mío», sobre todo a Jesucristo; pero esa forma de expresarse -no frecuente, pero sí existente en la piedad de algunos santos- no responde a una realidad teológica de fondo del mismo nivel que la filiación divina: por el bautismo, en efecto, somos hechos hijos de Dios, en sentido real no metafórico; en cambio no somos hechos padres de Dios.

(6) En sentido estricto o literal no es lo mismo ser hijo de Dios que ser hijo pequeño de Dios; pero desde el punto de vista de la experiencia espiritual resulta difícil separar ambas realidades (filiación divina e infancia espiritual), ya que una auténtica relación con Dios siempre conlleva la humildad, y por tanto la conciencia del abismo que separa al cristiano de Dios, la necesidad absoluta que tenemos de Él, la confianza y el abandono, etc. De todas formas ésta es una cuestión que merece ser estudiada con mayor profundidad, más allá de la modesta reflexión propia de este artículo.

(7) San Francisco de Sales, Conversaciones espirituales, n.16, 7.

(8) Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n.331.

(9) Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Meditación 29-IV-1963: Registro Histórico del Fundador, n. 20119, p. 13, citado por Álvaro del Portillo en VV. AA. Santidad y mundo. Estudios en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, Pamplona 1996, p. 286. Las pp. 284-288 de este artículo del primer sucesor del Beato Josemaría desarrollan con más detalle las ideas que se apuntan aquí.

(10) Santa Teresa del Niño Jesús, Últimas conversaciones, Cuaderno amarillo, 5.7.3.

(11) Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n.857.

(12) Cfr. Juan Pablo II, carta apostólica Tertio millenio adveniente, n.50.

(13) Santa Teresa del Niño Jesús, Cartas, n. 191, 12 de julio de 1896, a Leonia; cfr. también n. 258, 18 de julio de 1897, al abate Bellière. Los subrayados son siempre de la propia santa, que utiliza con frecuencia e intención ese recurso gráfico.

(14) Santa Teresa de Jesús, Vida, c. 19, 5.

(15) Santa Catalina de Siena, El Diálogo, c. 30.

(16) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 24, a. 7.

Javier Sesé
https://www.almudi.org/articulos/7197-Filiacion-divina-e-intimidad-con-Dios-Javier-Sese-Dialogos-Almudi-1999

Entrevista al Papa Francisco: Ponerse en los zapatos del otro

papa
El papa Francisco concedió una entrevista a la publicación gratuita mensual “Scarp de’ tenis” publicada por Cáritas en Milán, Italia, con motivo de su visita el próximo 25 de marzo a Milán, donde acudirá a algunas de las zonas más desfavorecidas de esta ciudad del norte de Italia.

El pontífice señaló lo difícil que es “ponerse en los zapatos del otro”, y explicó qué aunque es algo bueno y justo dar limosna a los pobres, no se puede “arrojarle el dinero sin mirarle a los ojos, pues esto no es un gesto de cristiano”.

Ponerse en los zapatos del otro
En referencia al “pueblo de los invisibles, de las personas sin domicilio fijo”, se le preguntó al pontífice como fue recibido el llamamiento de abrir las puertas de las iglesias para recibirlos.

El llamamiento del Papa fue escuchado por muchas personas y muchas parroquias, dijo el Santo Padre. En el Vaticano hay dos parroquias y cada una recibió a una familia de Siria. Muchas parroquias en Roma abrieron sus puertas a la acogida y sé que otras, que no tienen sitio, juntaron dinero para pagar el alquiler durante un año a las personas y familias necesitadas. El objetivo debe ser la integración, es importante que los acompañen durante un período inicial. En muchas partes de Italia se hizo. Las puertas se abrieron en muchas escuelas católicas, conventos, en muchas otras estructuras. Por eso digo que el llamamiento fue escuchado. También sé de muchas personas donaron dinero para pagar el alquiler de las personas sin domicilio fijo”

“Es muy difícil meterse en los zapatos, en el lugar de los demás, porque a menudo somos esclavos de nuestro egoísmo”, señaló Francisco más adelante y explicó: “En un primer nivel, podemos decir que la gente prefiere ocuparse de sus propios problemas sin querer ver el sufrimiento u otras dificultades. Pero hay otro nivel. Ponerse en los zapatos de los demás significa tener una gran capacidad de comprender, de entender los momentos y las situaciones difíciles. Si pensamos, además, en las existencias que están hechas a menudo de soledad, ponerse en los zapatos del otro significa servicio, humildad, generosidad, que es también la expresión de una necesidad. Necesito que alguien se ponga en mis zapatos. Porque todos necesitamos comprensión, compañerismo y un consejo. Cuántas veces conocí a personas que, después de haber buscado consuelo en un cristiano, ya sea un laico, un sacerdote, una monja, un obispo, me dice: “Sí, me ha escuchado, pero no me ha entendido.” Entender significa ponerse en los zapatos de los demás”.

Mirar a los ojos a los viven en la calle
En referencia a las personas sin hogar el pontífice indicó que las personas que viven en la calle entienden de inmediato cuando hay un interés real por parte de la otra persona o cuando hay, no quiero decir ese sentimiento de compasión, pero sí, ciertamente de pena. Se puede ver una persona sin hogar y mirarlo como una persona, o como un perro. Y ellos se dan cuenta de esta forma diferente de mirar”.

El gesto de san Juan Pablo II
El papa Francisco puso como ejemplo una anécdota de la vida de san Juan Pablo II: “En el Vaticano -contó Francisco- es famosa la historia de una persona sin hogar, de origen polaco, que solía estar en la Piazza Risorgimento en Roma. No hablaba con nadie, ni siquiera con los voluntarios de Cáritas que por la noche le llevaban una comida caliente. Sólo después de mucho tiempo consiguieron que les contase su historia: ‘Soy un sacerdote, conozco muy bien a su Papa, estudiamos juntos en el seminario’. La voz llegó a san Juan Pablo II, que oyó el nombre, confirmó que había estado con él en el seminario y quiso encontrarlo. Se abrazaron después de cuarenta años, y al final de la audiencia, el Papa pidió ser confesado por el sacerdote que había sido su compañero. “Pero ahora te toca a ti”, dijo el Papa. Y su compañero de seminario fue confesado por el Papa. Gracias al gesto de un voluntario, de una comida caliente, de unas palabras de consuelo, de una mirada bondadosa, esta persona pudo recuperarse y hacer una vida normal que lo llevó a ser capellán de un hospital. El Papa lo había ayudado, por supuesto, esto es un milagro, pero también es un ejemplo para decir que las personas sin hogar tienen una gran dignidad”.

Francisco relató en la entrevista otro ejemplo: “En el arzobispado de Buenos Aires en una reja entre un portal y la acera vivían una familia y una pareja. Los encontraba cada mañana cuando salía. Los saludaba e intercambiaba unas palabras con ellos. Nunca pensé en echarlos. Alguien me dijo: “Ensucian la Curia”, pero la suciedad está dentro. Yo creo que hay que hablar con la gente con gran humanidad, no como si tuvieran que pagarnos una deuda y no tratarlos como si fueran pobres perros”.

Preguntado sobre si es “es justo dar limosna a las personas que piden ayuda en la calle”, el Papa respondió: “Hay tantos argumentos para justificarse a sí mismo cuando no se da limosna. “¿Pero cómo, yo le doy el dinero y luego se lo gasta en un vaso de vino?’. Un vaso de vino es la única felicidad que tiene en la vida, eso está bien. Pregúntate, más bien, que es lo que haces tu en secreto, que felicidad buscas a escondidas. O bien, a diferencia de él, eres más afortunado, tienes una casa, una esposa, hijos, ¿Qué es lo que te lleva a decir, “Ocúpense ustedes de él”.

Una ayuda siempre es justa. Desde luego, no es bueno lanzar al pobre solo algunas monedas. Es importante el gesto, ayudar a los que piden mirándoles a los ojos y tocando sus manos. Echar el dinero y no mirar a los ojos, no es un gesto de cristiano. Enseñar la caridad no es descargar las propias culpas, pero es un acercarse, un mirar a una miseria que llevo dentro de mí y que el Señor comprende y salva. Porque todos tenemos miserias dentro”.

Lo difícil es “integrar” a los migrantes
¿Se puede acoger a todos los migrantes sin distinción o es necesario establecer un límite? Le preguntaron al Papa en la entrevista.

“Los que llegan a Europa -respondió Francisco- huyen de la guerra o del hambre. Y de alguna manera somos culpables porque explotamos sus tierras, pero no hacemos ningún tipo de inversión para que ellos puedan beneficiarse. Tienen derecho a emigrar y tienen derecho a ser acogidos y ayudados. Pero esto debe hacerse con esa virtud cristiana que debe ser propia de los gobernantes; la prudencia. ¿Qué significa? Significa aceptar a todos aquellos que se “pueden” recibir Y esto con respecto a los números”.

“Pero es igualmente importante reflexionar sobre “cómo” recibir. Porque recibir significa integrar. Esto es lo más difícil, porque si los inmigrantes no se integran, se guetizan. …Integrar, significa entonces, entrar en la vida del país, respetar la legislación del país, respetar la cultura del país, pero también respetar la propia cultura y las propias riquezas culturales. La integración es un trabajo muy difícil. Recibir, acoger, consolar e integrar inmediatamente. Lo que falta es la integración. Cada país debe ver a cuantos puede acoger. No se puede acoger si no hay posibilidad de integración”.

En la Argentina todos somos inmigrantes
“Nunca me sentí desarraigado, dijo el Papa. En la Argentina todos somos emigrantes. Por eso allí el diálogo interreligioso es lo normal. En la escuela había judíos llegados en su mayoría de Rusia y musulmanes sirios y libaneses, turcos o con el pasaporte del Imperio Otomano. Había mucha hermandad”

Preguntado sobre qué cosas extrañaba de Buenos Aires el Papa respondió: “Sólo hay una cosa que echo mucho de menos: la posibilidad de salir y pasear por la calle. Me gusta ir a visitar las parroquias y conocer gente.

La solidaridad de los humildes
¿Es posible la solidaridad donde hay pobreza y miseria? Le preguntaron a Francisco.

“Le hablo de mi experiencia en Buenos Aires. En los barrios pobres hay más solidaridad que en los del centro -respondió el pontífice- y añadió: En las villas miseria hay muchos problemas, pero a menudo los pobres son más solidarios entre sí porque sienten que se necesitan mutuamente. He encontrado más egoísmo en otros barrios, no quiero decir ricos porque sería calificar descalificando, pero la solidaridad que vemos en los barrios pobres, no se ve en otros lugares, aunque la vida sea más complicada y difícil. En los barrios pobres, por ejemplo, se ve más la droga, pero sólo porque en otros barrios está “tapada” y se usa con guantes blancos.

Por último, en referencia a su inminente visita a la ciudad italiana, el papa Francisco dijo que “no conozco Milán. He estado allí sólo una vez, por unas horas, en los años setenta. Pero tengo un gran deseo, espero conocer a tanta gente. Es mi mayor expectativa: Sí, espero encontrar a tanta gente”.