Cómo hacer oración

1) Prepararse:
– elegir un lugar: el mejor es junto a la Eucaristía
– confiar en Dios
– desear hablar con Él.

2) Hablar:
– darle gracias
– tratarle con ternura
– contarle cosas
– pedirle por la Iglesia y por el Papa
– pedirle por nuestra familia, por nuestros amigos, por nosotros mismos.

3) Escuchar:
– guardar silencio para que Él nos hable sugiriéndonos ideas.

4) Mantener la atención: Para ello:
– contemplar un crucifijo o una foto de la familia
– tomar nota de lo que le estamos pidiendo a Dios en la oración y de ideas que vienen a nuestra mente
– revisar notas anteriores.

Jesús nos enseña a hacer oración:
– con el Padrenuestro: nos muestra qué cosas debemos pedir con la confianza de ser hijos de Dios
– con la parábola del fariseo y el publicano: a hacer oración con humildad (Lucas 18, 9-14)
– con la parábola del juez y la viuda: a ser perseverantes en la oración (Lucas 18, 1-8).

Frases sobre la oración:
a) “Dadme un cuarto de hora de oración cada día y os daré el Cielo. Un alma que persevera en la oración, se asegura la propia salvación” (Santa Teresa de Jesús).

b) El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz” (Santa Teresa de Calcuta).

c) “Las gracias de Mi misericordia se toman con un solo recipiente, y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo, porque en tales almas vierto todos los tesoros de Mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. Me pongo triste, en cambio si las almas piden poco, estrechan sus corazones” (Diario de Santa Faustina Kowalska, n. 1578).

d) “¿Quién hay entre vosotros, al que si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una culebra? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a quienes le pidan?” (Mt 7, 9-11).

Álvaro Gámiz

Jesús, confío en ti

( Traducción al italiano: http://empatici.com/?p=1173 )

Cuenta una antigua tradición que un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios. De repente, alza la vista y ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua, vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo.

Así lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad le pregunta: “¿Qué haces?” Y el niño le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo”. Y San Agustín dice: “Pero, eso es imposible”.

Y el niño responde: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios”.

El demonio se sirve del hecho de que nunca podremos entender del todo a Dios para hacernos desconfiar y que nos alejemos de Él. Es una táctica que le da buenos resultados porque la confianza está muy relacionada con la esperanza y aunque la esperanza parece la virtud teologal menos importante, es ella la que tira de la fe y de la caridad.

Vemos en el capítulo 3 del Génesis como el demonio tienta a Adán y Eva:

La mujer dijo a la serpiente – “Dios nos ha mandado: no comáis ni toquéis el fruto del árbol que está en medio del jardín, pues moriréis”.

La serpiente dijo a la mujer: – “No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Adán y Eva comieron porque desconfiaron de la veracidad de Dios y por tanto de su bondad.

Si el demonio consigue que veamos a Dios como un riguroso examinador de nuestra conducta en vez de como un Padre amoroso ha ganado la batalla porque seremos nosotros los que lo alejemos de nuestras vidas y de nuestras leyes y de nuestras costumbres.

Dios no deja de mostrarnos su amor. Se ha encarnado por amor, ha padecido y ha muerto por amor. Nos ha dejado la Eucaristía y los demás sacramentos y a su madre por amor. Pero los hombres somos olvidadizos, así que a lo largo de los siglos nos va recordando cuánto nos quiere y procura fortalecer nuestra confianza en Él.

a) Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío

Margarita María Alacoque nació en Francia en 1647, perdió a su padre a los 18 años. Cayó enferma y durante 4 años estuvo inmovilizada en cama hasta que la Virgen la curó milagrosamente. Se hizo monja en 1671 con 24 años.

A partir de diciembre de 1673 tuvo una serie de revelaciones. Jesús quería promover la devoción a su Sagrado Corazón.

Jesús pidió que se le construyese un templo, que se le pintase una imagen resaltando su corazón y el lema “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”, que se le dedicase una fiesta y que se le consagrasen las almas y los países.

Algunos mensajes:

– A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.

– Daré la paz a las familias.

– Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.

– Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.

– Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.

– Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.

– A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.

Santa Margarita falleció en 1690 a los 43 años de edad. Pasaron 166 años y en 1856 Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia: se celebra ocho días después de Pentecostés.

En 1864 fue beatificada Santa Margarita.

El 1875 el arzobispo de París puso la primera piedra de la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre y en 1902 se inició la construcción del Templo Expiatorio del Sagrado Corazón en el Tibidabo (Barcelona).

España fue consagrada al Sagrado Corazón en 1911, durante el XXII Congreso Eucarístico. Se reiteró esta consagración en Madrid, en el Cerro de los Ángeles, en 1919. También se consagraron muchos otros países.

En 1920 fue canonizada santa Margarita.

b) La confianza sencilla y amorosa en Dios

Santa Teresa de Lisieux nació en 1873, entró en un convento de carmelitas en 1888. Murió en 1897 a los 24 años. Su mensaje fue que “la confianza sencilla y amorosa en Dios conduce a la santidad” y así lo explicó:

“Siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo. Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: ‘El que sea pequeñito, que venga a mí’. Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: ‘Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré’. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más. Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias”.

Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925. En 1997 Juan Pablo II la declaró doctora de la Iglesia.

c) Jesús, confío en ti

En el siglo XX empieza el Señor una nueva iniciativa. Se trata de destacar la misericordia de Dios Padre que se hace visible a través del amor de Jesús y de la ternura de su corazón.

En 1905 nació en Polonia Santa Faustina Kowalska, de familia muy pobre, entro en un convento en 1928, falleció de tuberculosis en 1938 a los 33 años.

Desde 1931 se le apareció Jesús, le enseñó la oración de la coronilla de la divina misericordia. Le pidió que se le pintara un cuadro tal como se le había aparecido, con la mano derecha bendiciendo y con la izquierda señalando su corazón y que añadiera el lema “Jesús, confío en ti”. Y que se le dedicara como fiesta de la Misericordia el segundo domingo de Pascua.

Todo quedó recogido en un diario de más de 600 páginas, algunas frases son las siguientes:

– “La Fiesta de la Misericordia será un refugio para todas las almas. En ese día, el alma que irá a la Confesión y recibirá la Sagrada Comunión obtendrá el perdón completo de los pecados”.

– “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá”.

– “Otorgaré inmensas gracias a las almas que recen esta coronilla”.

– “Mi Corazón desborda con gran Misericordia para las almas, y especialmente para los pobres pecadores. Si solo pudieran entender que yo soy el mejor de los Padres”.

– “Cuanto mayor es la miseria de un alma, mayor es su derecho a mi Misericordia; Exhorta a todas las almas a confiar en el abismo insondable de mi Misericordia, porque quiero salvar a todos”.

– “Di a todas las personas, hija Mía, que yo soy el Amor y la Misericordia. Cuando un alma se acerca a Mí con confianza, la lleno de tal abundancia de gracias que no puede contenerlas dentro de sí, sino que las irradia a otras almas”.

– “A las almas que propaguen la devoción a mi Misericordia, las protegeré durante toda su vida como una madre cariñosa protege a su niño recién nacido”.

Santa Faustina murió en 1938.

Pasaron 42 años… En 1980 Juan Pablo II publicó su encíclica “Dives in Misericordia” (Rico en Misericordia).

En 1993, el segundo domingo de Pascua, fue beatificada Santa Faustina.

En 2000, el segundo domingo de Pascua, Juan Pablo instituyó la fiesta litúrgica universal de la Divina Misericordia y canonizó a Santa Faustina.

En 2005, en la víspera de la fiesta Divina Misericordia, falleció Juan Pablo II.

En 2011 fue beatificado Juan Pablo II en la fiesta de la Divina Misericordia y fue canonizado en esa misma fiesta en 2014.

En 2016 el Papa Francisco publicó el libro “El nombre de Dios es misericordia” en el que decía: “La misericordia es la característica de Dios: La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos”.

Aconsejo rezar la coronilla. Se tarda unos 5 minutos. También aconsejo decir la jaculatoria “Jesús, confío en ti”, da muchísima paz.

Álvaro Gámiz

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La Coronilla de la divina Misericordia

Se hace la señal de la cruz: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

OraciónExpiraste, Jesús; pero la fuente de vida brotó para las almas, y el mar de misericordia se abrió para el mundo entero. ¡Oh, fuente de vida, insondable misericordia divina!, abarca el mundo entero y derrámate sobre nosotros.

Luego, se dice tres veces¡Oh, sangre y agua que brotaste del corazón de Jesús, como una fuente de misericordia para nosotros, en Ti confío!

LuegoPadrenuestro, Ave María y Credo.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Para cada una de las 5 decenas:
“Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero.”

Diez veces: Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Rezadas las cinco decenas se dice tres veces: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad o misericordia de nosotros y del mundo entero.

Oración final: Oh, sangre y agua, que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús como una fuente de misericordia, en ti confío.

Se hace la señal de la cruz: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Reza por mí (Miguel Angel Robles)


Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.

Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta, porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.

Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.

Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.

Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del “establishment”. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.

Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?

Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

Miguel Angel Robles, profesor de comunicación en la Universidad Loyola de Sevilla
Artículo publicado en Abc de Sevilla el domingo 11 de marzo de 2018
Traducción al italiano: http://empatici.com/?p=1115

Cómo hablar de Dios hoy (Garret Johnson)


La vida como un gran parque de atracciones, sin preocupaciones, sin reglas ni autoridad. Es decir, no me hablen del pasado, de la patria, de los padres, porque vivo ahora. Y ahora soy el rey de mi vida.
Una mirada rápida a la cultura juvenil contemporánea nos lleva a la pregunta: ¿cómo hablar de Dios hoy? ¿Cómo ser auténticos evangelizadores en la Nueva Evangelización?

1) Hablar de Dios nunca ha sido fácil, ni lo será. Si Dios se convierte en atractivo como el “Iphone” es que ya no estamos delante del Dios que Jesús nos ha revelado, sino más bien de alguien que se parece al Mesías que esperaban los que lo crucificaron.

2) La maravilla atrae, la predicación aleja. Cuando se trata de hablar de Dios, nadie puede llamarse a sí mismo un “maestro”, y cualquiera que se comporte como tal termina irritando a los demás. En su lugar, debemos tener la actitud de los niños, impresionados por la maravilla de un misterio que nos ha conquistado y se ha apoderado de nuestra existencia; ser como Moisés cuando se quitó las sandalias frente a la zarza ardiente. O como el discípulo que corre en busca de su amigo para decirle “¡ven y ve!” (Juan 1,46). Esta maravilla es el centro de la pasión y el fuego interno que nos impulsa a quemar todo el mundo.

3) Has de saber por qué estás hablando. En la cultura contemporánea, el porqué es de poco interés. Queremos resultados, soluciones, eficiencia, etc. Hablar de Dios, hoy en día, ¿para qué sirve? ¿Qué problemas nos soluciona? De hecho, es todo lo contrario: reconocer la presencia de Dios a menudo complica las cosas. Pero en este punto debemos adoptar una lógica diferente: Dios no existe para servir o ser útil, sino para ser servido. Paradójicamente, en la medida en que servimos, recibimos. Pero funciona en este orden. La nueva evangelización sin duda significa renovar el cómo, pero si no renovamos el porqué, vamos a acabar cayendo en una especie de activismo entusiasta que con el tiempo se agotará.

4) Has de saber con quién estás hablando. No hay mayor error, cuando uno hace apostolado que hablar antes de escuchar. Por el contrario, lo que decimos debe ser en respuesta a lo que hemos escuchado. Se trata de escuchar no solo las palabras pronunciadas, sino también saber “leer” deseos, temores, historias, sueños. Como dijo el teólogo Karl Barth, una buena predicación debe hacerse con la Biblia en una mano y un periódico en la otra. Es imposible hacer un buen apostolado si no se entienden las personas, la cultura.
Pregúntate cuánto has intentado comprender la cultura contemporánea. En realidad, solo en el misterio del Verbo encarnado, el misterio del hombre encuentra la luz verdadera (Gaudium et Spes, 22).
Pero ten cuidado de no depender de los “expertos” autodenominados en el campo de la juventud. La investigación psicológica -cuantos miles de millones se invierten en ella- revela algunas características del hombre, pero nunca puede reemplazar el conocimiento de lo humano al que podemos llegar a través de Cristo. La verdadera “experta en humanidad” es la Iglesia, porque ofrece el mensaje de Cristo. Él conoce el corazón del hombre y solo escuchándolo comprenderás cómo penetrarlo.

5) No te canses de buscar métodos creativos. ¿Cuántas noches pasan los anunciantes de Coca Cola para exprimir sus cerebros y comprender cómo abrirse paso entre el público? ¿Hacemos lo mismo? Los nuevos medios son fundamentales. Por alguna extraña razón, usando sistemas tradicionales podemos repetir un concepto incluso 50 veces sin que nadie nos escuche. Tomemos, por ejemplo, ese padre de familia que no podían dejar claro a los niños que debían cambiar el rollo de papel higiénico cuando se gastaba: como no le escuchaban decidió hacer un video, que hasta ahora ha sido visto por 4 millones de personas.
Ten en cuenta el punto 4, no podemos ignorar el tiempo promedio que una persona pasa en las redes sociales. Un apostolado basado en estos instrumentos nunca reemplazará el encuentro cara a cara, pero tiene su papel en la evangelización moderna.

6) Atención al lenguaje. Tendemos a dar por hecho ciertos términos, pero en la sociedad secular de hoy debemos ser prudentes. La palabra “pecado” implica al menos cincuenta significados que, sin embargo, ya no corresponden a los de la imaginación colectiva. Sin embargo, las palabras siguen siendo una categoría fundamental, que debe explicarse: es mejor comenzar a utilizar términos, realidades e imágenes más familiares. Por ejemplo, el concepto de “sufrimiento”. O de “injusticia”. Apela a esa voz interior que actúa en cada persona y le dice: “no deberías ser así”. Comienza de esta manera y gradualmente introduce el concepto de pecado, explicando lo que queremos decir con eso.

7) Primero pregunta, luego responde. Debemos aplicarnos en el arte de hacer las preguntas correctas. Cuando hacemos una pregunta, involucramos al otro, lo hacemos tomar un papel activo. Hacer una pregunta es cómo confeccionar un escenario e invitar al otro a subir. Pero es importante enseñar a hacerse las preguntas correctas, buscar la verdad, mirar dentro de uno mismo para reflexionar sobre los misterios de la vida humana. Hoy, los jóvenes han desarrollado fuertes anticuerpos contra las preguntas más profundas sobre la existencia. Depende de nosotros animarlos a que se hagan esas preguntas con libertad y seriedad: sólo entonces podremos comenzar a compartir los frutos de nuestras reflexiones.

8) Apostolado es principalmente mostrar lo que está oculto, pero existe. Los discursos demasiado elevados y difíciles sobre Dios, hoy en día, no encuentran un terreno fértil: lo cual no significa que tengamos que bajar el nivel, sino más bien encontrar el modo de transmitir la riqueza de nuestra fe en términos familiares. La gente quiere que las personas hablen con ellos y de ellos, no a ellos. No se trata de sacrificar la autenticidad del Evangelio para ser más atractivo, sino de seguir el ejemplo de Pablo (Hechos 14, 16-17): proclamar a Aquel que ya está presente entre nosotros. Por tanto invítales a descubrir a Dios desde dentro, no desde afuera. Enséñales a escuchar los deseos del corazón, la necesidad del amor, del infinito, del misterio, la verdad y la belleza. Pregúntales de dónde vienen esos deseos y hacia dónde apuntan. Ayúdales a descubrir que la fe responde a cada uno de estos deseos, que solo Cristo corresponde plenamente a su existencia.

9) Sorpréndete con la presencia de Dios en el otro. Con demasiada frecuencia estamos condicionados por la primera impresión y la forma en que vemos las cosas: una visión demasiado negativa o pesimista de la cultura actual, por difícil que sea la situación, nunca debe impedirnos mirar objetivamente al otro, descubrir en él la presencia activa y amorosa de Dios.

10) El corazón es nuestro mejor aliado, incluso con nuestros “adversarios”. El apostolado es siempre un acto de cooperación. Dios ha iniciado el camino del hombre hacia él en el momento de la creación. Las profundidades de la realidad humana han sido hechas por y para Dios. Así que los elementos verdaderamente humanos están de nuestro lado, porque todo lo que es auténticamente humano ha sido asumido y reconciliado mediante la encarnación de Jesucristo. En el momento en que consideres al otro como un adversario y no como un hermano o hermana a quien tratas de acercar a Cristo, has perdido. Incluso aquellos que abiertamente se oponen a la Iglesia de Cristo deben ser tratados como el hijo pródigo, y nunca como un “diferente” hostil, por mucho que se comporte como tal. Hacer así no significa abandonar la batalla cultural o rendirse a quienes intentan introducir situaciones de ruptura en la sociedad. Por el contrario, motivados por el amor a nuestros hermanos y hermanas, debemos ser infatigables en el esfuerzo de evangelizar. La guerra cultural contra el cristianismo es un hecho, es suficiente observar a los cristianos perseguidos, incluso hoy: dicho esto, debemos poner en la “luchar” el mismo amor de Cristo crucificado, apuntando a la conversión en lugar de a la victoria, como la entiende el mundo.

11) Primero el encuentro, luego el cambio. Habla sobre todo con gestos de caridad, con una actitud amistosa. Lleva a tu amigo a un encuentro con el amor y deja que ese amor dé como fruto la conversión moral. En un mundo poblado de ideales, debemos permanecer firmes en la ética católica y la doctrina social: cuando tratamos de acompañar a los demás a estas verdades debemos seguir el ejemplo de Cristo y Zaqueo (Lc 19: 1-10). Zaqueo era un pecador público, no solo codicioso sino también traidor, como colaborador de los romanos. ¿Y qué hace Jesús? ¿Le grita: “Eres un tramposo, un falso, un ladrón”? No, en absoluto, le invita a comer juntos, un signo de perdón y comunión gratuita con Dios. ¿De qué hablaron? No se sabe con certeza, pero es fácil suponer que Jesús le hizo comprender que lo entendía, que conocía sus dificultades y sus pecados, pero que, sin embargo, lo amaba. El encuentro con este amor transforma a Zaqueo y le da motivos y fuerza para cambiar.

12) Encuentro significa contacto. La técnica apostólica de Cristo estuvo en su encarnación. Él no habló desde arriba. Él no envió sus mandamientos por correo electrónico, ni publicó un manual de vida cristiana. Él vino. Permitió que lo vieran, escucharan, tocaran. Una de las mayores paradojas del cristianismo reside en el hecho de que el mensajero es más importante que el mensaje.
O, si lo prefieres: el Mensajero es el Mensaje.
La mejor manera de hablar de Dios, de hacer apostolado, es ponerse en contacto con las personas. Entrar en sus vidas, pasar tiempo juntos, caminar juntos en la vida cotidiana. No les envíes enseguida a un lugar o a un libro, déjales escuchar la fe de tu boca, que toquen esa fe a través del amor que les das.
Este encuentro-contacto se realiza a través de la oración. Curiosamente, la mejor manera de hablar a una persona de Dios es guiarla hacia Él y luego guardar silencio. Por supuesto, en estos tiempos rezar no es fácil para la mayoría de la gente – especialmente para los jóvenes – aunque afortunadamente no faltan excepciones. Dicho esto, si no pretendemos llevarlos a un encuentro directo con Dios mediante la oración y los sacramentos, estamos completamente fuera del camino.

13) Uno no da lo que no tiene. Tal vez este debería ser el punto número 1 de la lista. Evangelizar es mucho más que compartir ideas, es más bien compartir una relación, ofrecer a las personas la amistad con Cristo. Si no estamos apasionadamente enamorados de Cristo, si no nos hemos dejado capturar por su misterio y su reconciliación, ¿qué podemos ofrecer? ¿De qué estamos hablando? ¿Cómo podemos hablar de quién nunca hemos conocido realmente? Esto significa que el primer acto verdadero de apostolado es convertirnos a nosotros mismos.

Garrett Johnson
(Catholic-link.com)