Jesús, confío en ti

( Traducción al italiano: http://empatici.com/?p=1173 )

Cuenta una antigua tradición que un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios. De repente, alza la vista y ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua, vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo.

Así lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad le pregunta: “¿Qué haces?” Y el niño le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo”. Y San Agustín dice: “Pero, eso es imposible”.

Y el niño responde: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios”.

El demonio se sirve del hecho de que nunca podremos entender del todo a Dios para hacernos desconfiar y que nos alejemos de Él. Es una táctica que le da buenos resultados porque la confianza está muy relacionada con la esperanza y aunque la esperanza parece la virtud teologal menos importante, es ella la que tira de la fe y de la caridad.

Vemos en el capítulo 3 del Génesis como el demonio tienta a Adán y Eva:

La mujer dijo a la serpiente – “Dios nos ha mandado: no comáis ni toquéis el fruto del árbol que está en medio del jardín, pues moriréis”.

La serpiente dijo a la mujer: – “No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Adán y Eva comieron porque desconfiaron de la veracidad de Dios y por tanto de su bondad.

Si el demonio consigue que veamos a Dios como un riguroso examinador de nuestra conducta en vez de como un Padre amoroso ha ganado la batalla porque seremos nosotros los que lo alejemos de nuestras vidas y de nuestras leyes y de nuestras costumbres.

Dios no deja de mostrarnos su amor. Se ha encarnado por amor, ha padecido y ha muerto por amor. Nos ha dejado la Eucaristía y los demás sacramentos y a su madre por amor. Pero los hombres somos olvidadizos, así que a lo largo de los siglos nos va recordando cuánto nos quiere y procura fortalecer nuestra confianza en Él.

a) Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío

Margarita María Alacoque nació en Francia en 1647, perdió a su padre a los 18 años. Cayó enferma y durante 4 años estuvo inmovilizada en cama hasta que la Virgen la curó milagrosamente. Se hizo monja en 1671 con 24 años.

A partir de diciembre de 1673 tuvo una serie de revelaciones. Jesús quería promover la devoción a su Sagrado Corazón.

Jesús pidió que se le construyese un templo, que se le pintase una imagen resaltando su corazón y el lema “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”, que se le dedicase una fiesta y que se le consagrasen las almas y los países.

Algunos mensajes:

– A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.

– Daré la paz a las familias.

– Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.

– Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.

– Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.

– Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.

– A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.

Santa Margarita falleció en 1690 a los 43 años de edad. Pasaron 166 años y en 1856 Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia: se celebra ocho días después de Pentecostés.

En 1864 fue beatificada Santa Margarita.

El 1875 el arzobispo de París puso la primera piedra de la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre y en 1902 se inició la construcción del Templo Expiatorio del Sagrado Corazón en el Tibidabo (Barcelona).

España fue consagrada al Sagrado Corazón en 1911, durante el XXII Congreso Eucarístico. Se reiteró esta consagración en Madrid, en el Cerro de los Ángeles, en 1919. También se consagraron muchos otros países.

En 1920 fue canonizada santa Margarita.

b) La confianza sencilla y amorosa en Dios

Santa Teresa de Lisieux nació en 1873, entró en un convento de carmelitas en 1888. Murió en 1897 a los 24 años. Su mensaje fue que “la confianza sencilla y amorosa en Dios conduce a la santidad” y así lo explicó:

“Siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo. Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: ‘El que sea pequeñito, que venga a mí’. Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: ‘Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré’. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más. Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias”.

Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925. En 1997 Juan Pablo II la declaró doctora de la Iglesia.

c) Jesús, confío en ti

En el siglo XX empieza el Señor una nueva iniciativa. Se trata de destacar la misericordia de Dios Padre que se hace visible a través del amor de Jesús y de la ternura de su corazón.

En 1905 nació en Polonia Santa Faustina Kowalska, de familia muy pobre, entro en un convento en 1928, falleció de tuberculosis en 1938 a los 33 años.

Desde 1931 se le apareció Jesús, le enseñó la oración de la coronilla de la divina misericordia. Le pidió que se le pintara un cuadro tal como se le había aparecido, con la mano derecha bendiciendo y con la izquierda señalando su corazón y que añadiera el lema “Jesús, confío en ti”. Y que se le dedicara como fiesta de la Misericordia el segundo domingo de Pascua.

Todo quedó recogido en un diario de más de 600 páginas, algunas frases son las siguientes:

– “La Fiesta de la Misericordia será un refugio para todas las almas. En ese día, el alma que irá a la Confesión y recibirá la Sagrada Comunión obtendrá el perdón completo de los pecados”.

– “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá”.

– “Otorgaré inmensas gracias a las almas que recen esta coronilla”.

– “Mi Corazón desborda con gran Misericordia para las almas, y especialmente para los pobres pecadores. Si solo pudieran entender que yo soy el mejor de los Padres”.

– “Cuanto mayor es la miseria de un alma, mayor es su derecho a mi Misericordia; Exhorta a todas las almas a confiar en el abismo insondable de mi Misericordia, porque quiero salvar a todos”.

– “Di a todas las personas, hija Mía, que yo soy el Amor y la Misericordia. Cuando un alma se acerca a Mí con confianza, la lleno de tal abundancia de gracias que no puede contenerlas dentro de sí, sino que las irradia a otras almas”.

– “A las almas que propaguen la devoción a mi Misericordia, las protegeré durante toda su vida como una madre cariñosa protege a su niño recién nacido”.

Santa Faustina murió en 1938.

Pasaron 42 años… En 1980 Juan Pablo II publicó su encíclica “Dives in Misericordia” (Rico en Misericordia).

En 1993, el segundo domingo de Pascua, fue beatificada Santa Faustina.

En 2000, el segundo domingo de Pascua, Juan Pablo instituyó la fiesta litúrgica universal de la Divina Misericordia y canonizó a Santa Faustina.

En 2005, en la víspera de la fiesta Divina Misericordia, falleció Juan Pablo II.

En 2011 fue beatificado Juan Pablo II en la fiesta de la Divina Misericordia y fue canonizado en esa misma fiesta en 2014.

En 2016 el Papa Francisco publicó el libro “El nombre de Dios es misericordia” en el que decía: “La misericordia es la característica de Dios: La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos”.

Aconsejo rezar la coronilla. Se tarda unos 5 minutos. También aconsejo decir la jaculatoria “Jesús, confío en ti”, da muchísima paz.

Álvaro Gámiz

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La Coronilla de la divina Misericordia

Se hace la señal de la cruz: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

OraciónExpiraste, Jesús; pero la fuente de vida brotó para las almas, y el mar de misericordia se abrió para el mundo entero. ¡Oh, fuente de vida, insondable misericordia divina!, abarca el mundo entero y derrámate sobre nosotros.

Luego, se dice tres veces¡Oh, sangre y agua que brotaste del corazón de Jesús, como una fuente de misericordia para nosotros, en Ti confío!

LuegoPadrenuestro, Ave María y Credo.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Para cada una de las 5 decenas:
“Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero.”

Diez veces: Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Rezadas las cinco decenas se dice tres veces: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad o misericordia de nosotros y del mundo entero.

Oración final: Oh, sangre y agua, que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús como una fuente de misericordia, en ti confío.

Se hace la señal de la cruz: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Instrucciones a mis hijos (Magdalena Sánchez Blesa)

Jamás un conato de daros la vuelta

Jamás una huida, por muchos que sean

Jamás ningún miedo, y si acaso os diera,

Jamás os lo noten, que no se den cuenta

Jamás un “me rindo”, si no tenéis fuerzas

Aunque fuese a gatas, llegad a la meta

Que nadie os acuse… ¡miradme a la cara!

Que nadie os acuse de dejar a medias un sueño imposible…

(Si es que los hubiera)

Yo no los conozco,

Y mira que llevo yo sueños a cuestas

Jamás, y os lo digo como una sentencia, ¡miradme a la cara!

Jamás en la vida paséis por el lado de cualquier persona sin una sonrisa

No hay nadie en el mundo que no la merezca

Hacedle la vida más fácil, ¡miradme!

A cada ser vivo que habite la tierra

Jamás se os olvide que en el mundo hay guerra

Por pasar de largo sin gloria ni pena delante de un hombre

Y no preguntarnos qué sueño le inquieta

Qué historia le empuja,

Qué pena lo envuelve,

Qué miedo le para,

Qué madre lo tuvo,

Qué abrazo le falta,

Qué rabia le ronda,

Qué envidia lo apresa…

Jamás, y os lo digo faltándome fuerzas,

Si el mundo se para,

Os quedéis sentados viendo la manera de que otro lo empuje

Remangaos el alma,

Sed palanca y rueda,

Tirad de la vida vuestra y de quien sea,

Que os falte camino,

Perded la pelea contra los enanos

No sed los primeros,

Que os ganen los hombres que no tienen piernas

No sabedlo todo,

Dejad que contesten los que menos sepan

Las manos bien grandes,

Las puertas abiertas,

Anchos los abrazos, fuera las fronteras

Hablad un idioma claro, que se entienda

Si estrecháis la mano, hacedlo con fuerza

Mirando a los ojos,

Dejando una huella

Prestad vuestra vida,

Regaladla entera

Que a nadie le falte ni una gota de ella

¡Cantad!

Que cantando la vida es más bella

Y jamás, os hablo desde donde nazca

El último soplo de vida que tenga,

Jamás una huida,

Por muchos que sean…

La sonrisa falsa ¿Vale la pena casarse?

El secreto de la desgracia del ser humano, enseñaba Armando Segura en una conferencia a la que tuve ocasión de asistir hace unos años, es considerar el punto de partida como punto de llegada. Y el secreto de su felicidad, considerar el punto de llegada como punto de partida.

En efecto, seguía explicando, el ser humano, para ser esencialmente lo que es, vive fundamentalmente de lo que no existe. Lo que existe, lo que conoce, lo que tiene es siempre punto de partida, y el hombre que se limita a conservarlo (el conservador por naturaleza) es un desgraciado, pues no tiene tarea. O, peor aún, se tiene a sí mismo como tarea. La incapacidad de compromiso, de olvidarse de sí mismo para entregarse plenamente a otro (sea humano o divino) le condena a ser su propio destino.

El hombre sin tarea, sin misión, es el mayor desgraciado del mundo. Es el hombre que sólo se tiene a sí mismo, que no sueña, que no avanza, que sólo se repite. Es el drogadicto, el alcohólico, el adicto al sexo, para quien su tarea es la repetición y su punto de partida es siempre punto de llegada, ya conoce el final, siempre conoce el final al que está irremisiblemente atado.

Una de las grandes adicciones de nuestra postmoderna sociedad occidental es el propio yo. Y el propio yo es siempre punto de llegada, final conocido que construye un espíritu conservador, incapaz de ubicarse en el otro, que es la novedad, lo insondable, la auténtica aventura.

Este interés desmedido en el propio bienestar genera una confusión muy perniciosa en el terreno del amor: la identificación entre sentimiento y amor, la confusión de la persona amada con el sentimiento que provoca. Nadie pone en duda que el sentimiento es amor, pero el amor no es solo sentimiento (es, ciertamente, pasión, pero también imaginación, memoria, voluntad, inteligencia…). Quien cae en esta confusión acaba inevitablemente enamorado de su propio enamoramiento, de la sensación de estar enamorado. Pensando amar a una persona, se ama en realidad a sí mismo, a su propia satisfacción personal. Y la consecuencia de esta confusión no se hace esperar: si el destino de mi amor es “sentirme enamorado”, cuando deje de experimentar este afecto, pensaré que mi amor se ha extinguido y me veré impulsado a sustituir al amado y cambiarlo por otro que me haga sentir lo que anhelo.

Como explica Joan Costa Bou, el problema del amor no comprometido es que sitúa el centro de gravedad en mí mismo y no en la persona amada. Al no prometer un amor para siempre, yo me convierto en el criterio de valoración del otro: él o ella valen solo en la medida en que colman mis expectativas, en que satisfacen mi interés, por elevado que este sea. El otro está, pues, a mi servicio y se transforma, respecto a mí, en instrumento, en medio para que yo alcance la meta de mi propia realización. El amor auténtico y pleno ama al otro por lo que él es y no por lo que me aporta a mí. Entonces, sí, el amor se convierte en don, en entrega y se hace cabal. Esta es la lógica del amor, una lógica del todo o nada: o me entrego o le utilizo. Si no es don, es interés.

Es cierto que los dos que se aman, aclara el mismo autor, pueden estar de acuerdo en no comprometerse, pero esto no soluciona el problema, más bien lo agrava porque significa que los dos están de acuerdo no en amarse, sino en utilizarse mutuamente, en ser uno y otro (al menos en parte) instrumentos.

Ante el panorama de un amor para siempre, irrevocable, sin vuelta atrás, surge la respuesta de las relaciones prematrimoniales o, simplemente, cohabitacionales. A nivel de principios resulta difícil sostener que el ser humano no es capaz de amar para siempre, pues la experiencia de tantos matrimonios, de padres e hijos, incluso adoptivos, y de amigos que se aman para siempre no se puede ignorar. Sin embargo, surge un comprensible temor, un vértigo existencial ante un compromiso de por vida. Si tan exigente es el compromiso, si el amor cabal exige quemar las naves y no hay vuelta atrás, entonces hay que estar muy seguro de la decisión, no se puede tomar precipitadamente…, y la fórmula más extendida para contrastar las probabilidades de éxito de una unión específica y determinada parece ser hoy la cohabitación.

Sin embargo, las estadísticas se empeñan en acreditar lo contrario de lo que se pretende: “A pesar de la creciente popularidad de la convivencia previa al matrimonio, hace tiempo que ha quedado demostrado que la mayoría de las parejas que han vivido juntos antes del matrimonio tienden a romper su relación después de casarse. Según un informe del National Center for Health Statistics norteamericano, los hombres y mujeres que han vivido juntos antes de casarse tienen menos probabilidades de celebrar juntos el décimo aniversario de su boda que quienes no lo hicieron: el 54% de los que eligieron la cohabitación previa llegan a ese décimo año, mientras que los que esperaron al matrimonio son el 67%” (IFFD Papers nº 5).

Es cierto que no podemos estar seguros de que esta estadística responda al fenómeno de la cohabitación en sí o sea consecuencia del perfil psicológico de las personas que deciden cohabitar, pero no lo es menos que tampoco existen datos que acrediten lo contrario, que la cohabitación contribuya a una mayor estabilidad y felicidad en la pareja. ¿Cuáles son las razones que conducen a esta decepción? Analicemos algunas:

i. La inversión de los términos. Se da una fuerte paradoja: se quiere presentar una visión romántica y sentimental del amor sin compromiso o a modo de prueba (nos queremos tanto y queremos estar tan seguros de que nuestro amor funcionará que necesitamos convivir ya), cuando, en realidad, la cohabitación previa o sustitutiva del compromiso de un amor para siempre acaba subordinando el amor romántico a los aspectos más prácticos y utilitaristas de la relación. Se produce una inversión de los términos: ¡se fundamenta y hace depender el amor de la capacidad de convivencia!, cuando la ecuación debería ser la contraria: ¡es la convivencia la que ha de subordinarse al amor! Es la capacidad de amar la que permitirá convivir y no la capacidad de convivencia la que permitirá amar. El enunciado no es: ‘si somos capaces de convivir, te amaré’, sino ‘si te amo, seremos capaces de convivir’. Todos los que han amado de verdad (padres, hijos, hermanos, comunidades religiosas…) han procedido así: primero han decidido amar y, entonces, se han hecho capaces de convivir.

ii. En efecto, el amor capacita para la convivencia: no soy el mismo antes que después de casarme. Como ha argumentado Tomás Melendo, el ‘sí’ del matrimonio me eleva a un grado de amor del que antes no era capaz. El matrimonio contraído mediante una promesa de amor para siempre me hace capaz, competente para amar. Aunque el modo normal de adquirir la virtud pasa por la repetición de actos, hay niveles de virtud, explica este autor, que solo se alcanzan a través de un acto, de una decisión, de una determinación. Por ejemplo, el valor para lanzarse en paracaídas no depende tanto de la repetición de saltos cuanto de una determinación de la voluntad en un momento preciso y determinado. Algo similar sucede con el matrimonio. Ese ‘sí’ de una vocación y entrega de por vida me transforma como persona y me sitúa en disposición de poder amar. A partir de este momento ya no exigiré que tú cambies y te aproximes a mí, sino que seré yo el que lo haga para ir hacia ti, para ponerme a tu servicio e intentar hacerte feliz conmigo.

iii. La prueba es imposible. Las personas no se prueban como quien prueba un electrodoméstico, y la relación de amor no se puede probar: es un imposible antropológico y cronológico pretender probar una relación de futuro con una persona en función de una relación actual. El ser humano es proyectivo, dinámico, futurizo (según expresiones de Julián Marías), y evoluciona con el tiempo. También las circunstancias que le rodean cambian. ¿Cuándo acaba la prueba? No es lo mismo sin hijos que con hijos, con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo, alegre que depresivo, con arrugas que sin ellas…, ¡tendríamos que estar toda la vida probando! No, el amor matrimonial no puede probarse. Las personas se aceptan tal como son y serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amigo como amigo, al amado como amado, como cónyuge), pero no se prueban.

iv. Se piensa, equivocadamente, que la relación sexual añade algo sustancial a ese conocimiento mutuo. La verdad es que la relación sexual, y tanto más cuanto más joven se es, puede dificultar más que aclarar el conocimiento del otro como persona. El sexo no es un juguete, es un arma poderosa y un adictivo potente, como sabe bien la industria pornográfica, que amenaza con nublar las otras facultades y empañar la elección. El sexo parece disculparlo todo y tiene una fuerza invasiva y atractiva que desvía la atención de lo verdaderamente personal. Otra consecuencia del uso de la sexualidad sin compromiso es que surge una dependencia del placer sexual difícil de vencer, un ligamen corporal —genital— que fácilmente se confunde con una relación interpersonal plena. Todas nuestras facultades quedan ‘tocadas’, hipotecadas por esta experiencia, que permanecerá en nuestra memoria, desorientará nuestra inteligencia y debilitará nuestra voluntad. En el futuro, nuestra libertad estará comprometida porque esa experiencia, aunque no lo percibiéramos, habrá implicado a toda nuestra persona y condicionará nuestra futura capacidad de decisión. No de manera plena, naturalmente, pues la libertad humana es capaz de rehacer el pasado. Pero el esfuerzo será mayor, habrá que desandar el camino andado, lo que no siempre es fácil. Es decir, la relación sexual, aunque se frivolice y se juegue con ella, ejerce siempre su fuerza unitiva al nivel de la persona toda, de modo que lo que constituye una ventaja y una ayuda cuando se instaura un amor definitivo, puede transformarse en una rémora cuando ese amor no es para siempre, al limitar nuestra libertad y no permitirnos decidir
de manera exenta.

A esta entrega del cuerpo —de la intimidad corporal— sin la entrega de la persona —de la intimidad personal (que incluye el tiempo, el futuro)—, Ricardo Yepes la ha bautizado como la “sonrisa falsa”. En efecto, una sonrisa falsa es un grupo de músculos faciales que se mueven para expresar lo que no sienten, lo que no son; de la misma manera, el cuerpo que se entrega sin el alma, sin la persona entera en que consiste, con todo su pasado, su presente y su futuro, parece afirmar: ‘me entrego a ti por entero’, pero, en realidad, contiene una reserva: ‘no te entrego mi alma, mi persona’.

Por estas razones, como ha destacado José Noriega, la tarea del noviazgo no es la prueba de la persona, que no es posible, sino la verificación del amor. Se trata de un período cuyo principal objetivo es ayudarse a adquirir las virtudes necesarias para lograr la posterior comunión matrimonial de vida y de por vida. El mismo José Noriega ha llamado la atención sobre el peligro que supone un noviazgo centrado solo en discernir si esa es la persona adecuada con quien compartir la vida. Esta postura desconoce que, antes de que la radical novedad del amor acontezca, no tenemos una idea clara de nuestro destino, de la vida plena a que estamos llamados. Esperar encontrar una persona que responda a un retrato robot confeccionado previamente bloquea la experiencia del amor, que aparece siempre como una revelación, como una llamada (vocación) inédita e impide reconocer a la persona amada en su propia, única y exclusiva personalidad.

Insiste este autor en que la tarea principal del noviazgo consiste en verificar: (i) que la revelación en que el amor consiste ha acontecido también en la otra persona y ambos ven y van en pos de la misma verdad, (ii) que se va dando una concordia mutua en los caminos a recorrer para alcanzar esa verdad, y (iii) que los dos van integrando sus dinamismos (sexualidad, afectividad, inteligencia, memoria, voluntad, imaginación…) en el amor mutuo.

Marta Brancatisano, lo expresa con palabras más poéticas: “La idea de una prueba ni siquiera se nos ocurría, es más, era contraria a aquella idea de desafío, del todo por el todo, que se adaptaba al amor como un guante. El amor verdadero era otra cosa, era aquello que se ofrecía a la forja del tiempo, de todo el tiempo de una vida, en el momento de la decisión definitiva, el del matrimonio (…) Es una metodología que exige el ‘para siempre’, o de lo contrario no funciona. Entre los que consideran que el ‘para siempre’ es imposible y sobrehumano se encuentran los escépticos. Olvidan que han vivido y deseado un amor que desde el principio y por definición era sobrehumano”.

Javier Vidal-Cuadras (http://javiervidalquadras.com)
https://javiervidalquadrasdotcom.files.wordpress.com/2016/06/la-sonrisa-falsa-vale-la-pena-casarse.pdf

Frases sobre la empatía en el trabajo

“En la vida hay cinco pasos importantes: aprender a hacer, hacer, enseñar a hacer, hacer hacer y, finalmente dejar hacer”.
(Antonio Puig)

“El trabajo y la lucha llaman siempre a los mejores”.
(Séneca)

“No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar”.
(Madre Teresa de Calcuta)

“Comienza haciendo lo que es necesario, después lo posible y de repente estarás haciendo lo imposible”.
(San Francisco de Asís)

“Si respetas la importancia de tu trabajo, éste te devolverá, probablemente, el favor”.
(Joseph Turner)

“Busca siempre un quehacer; cuando lo tengas no pienses en otra cosa que en hacerlo bien”.
(Tales de Mileto)