Reza por mí (Miguel Angel Robles)


Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.

Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta, porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.

Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.

Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.

Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del “establishment”. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.

Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?

Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

Miguel Angel Robles, profesor de comunicación en la Universidad Loyola de Sevilla
Artículo publicado en Abc de Sevilla el domingo 11 de marzo de 2018
Traducción al italiano: http://empatici.com/?p=1115

La vida hoy

Casas grandes,
familias pequeñas

más diplomas,
menos sentido común

conoces el mundo,
no conoces a los vecinos

mucho rendimiento,
poca paz de espíritu

mucho conocimiento,
menos sabiduría

agendas llenas,
poco tiempo para amar

muchos amigos virtuales,
pocos reales

muchos humanos,
poca humanidad

buenos relojes,
sin tiempo para nada

Nacemos sin traer nada,
morimos sin llevarnos nada…
y en el intervalo entre la vida y la muerte
peleamos por aquello que no trajimos
y que no nos llevaremos.

Cómo hablar de Dios hoy (Garret Johnson)


La vida como un gran parque de atracciones, sin preocupaciones, sin reglas ni autoridad. Es decir, no me hablen del pasado, de la patria, de los padres, porque vivo ahora. Y ahora soy el rey de mi vida.
Una mirada rápida a la cultura juvenil contemporánea nos lleva a la pregunta: ¿cómo hablar de Dios hoy? ¿Cómo ser auténticos evangelizadores en la Nueva Evangelización?

1) Hablar de Dios nunca ha sido fácil, ni lo será. Si Dios se convierte en atractivo como el “Iphone” es que ya no estamos delante del Dios que Jesús nos ha revelado, sino más bien de alguien que se parece al Mesías que esperaban los que lo crucificaron.

2) La maravilla atrae, la predicación aleja. Cuando se trata de hablar de Dios, nadie puede llamarse a sí mismo un “maestro”, y cualquiera que se comporte como tal termina irritando a los demás. En su lugar, debemos tener la actitud de los niños, impresionados por la maravilla de un misterio que nos ha conquistado y se ha apoderado de nuestra existencia; ser como Moisés cuando se quitó las sandalias frente a la zarza ardiente. O como el discípulo que corre en busca de su amigo para decirle “¡ven y ve!” (Juan 1,46). Esta maravilla es el centro de la pasión y el fuego interno que nos impulsa a quemar todo el mundo.

3) Has de saber por qué estás hablando. En la cultura contemporánea, el porqué es de poco interés. Queremos resultados, soluciones, eficiencia, etc. Hablar de Dios, hoy en día, ¿para qué sirve? ¿Qué problemas nos soluciona? De hecho, es todo lo contrario: reconocer la presencia de Dios a menudo complica las cosas. Pero en este punto debemos adoptar una lógica diferente: Dios no existe para servir o ser útil, sino para ser servido. Paradójicamente, en la medida en que servimos, recibimos. Pero funciona en este orden. La nueva evangelización sin duda significa renovar el cómo, pero si no renovamos el porqué, vamos a acabar cayendo en una especie de activismo entusiasta que con el tiempo se agotará.

4) Has de saber con quién estás hablando. No hay mayor error, cuando uno hace apostolado que hablar antes de escuchar. Por el contrario, lo que decimos debe ser en respuesta a lo que hemos escuchado. Se trata de escuchar no solo las palabras pronunciadas, sino también saber “leer” deseos, temores, historias, sueños. Como dijo el teólogo Karl Barth, una buena predicación debe hacerse con la Biblia en una mano y un periódico en la otra. Es imposible hacer un buen apostolado si no se entienden las personas, la cultura.
Pregúntate cuánto has intentado comprender la cultura contemporánea. En realidad, solo en el misterio del Verbo encarnado, el misterio del hombre encuentra la luz verdadera (Gaudium et Spes, 22).
Pero ten cuidado de no depender de los “expertos” autodenominados en el campo de la juventud. La investigación psicológica -cuantos miles de millones se invierten en ella- revela algunas características del hombre, pero nunca puede reemplazar el conocimiento de lo humano al que podemos llegar a través de Cristo. La verdadera “experta en humanidad” es la Iglesia, porque ofrece el mensaje de Cristo. Él conoce el corazón del hombre y solo escuchándolo comprenderás cómo penetrarlo.

5) No te canses de buscar métodos creativos. ¿Cuántas noches pasan los anunciantes de Coca Cola para exprimir sus cerebros y comprender cómo abrirse paso entre el público? ¿Hacemos lo mismo? Los nuevos medios son fundamentales. Por alguna extraña razón, usando sistemas tradicionales podemos repetir un concepto incluso 50 veces sin que nadie nos escuche. Tomemos, por ejemplo, ese padre de familia que no podían dejar claro a los niños que debían cambiar el rollo de papel higiénico cuando se gastaba: como no le escuchaban decidió hacer un video, que hasta ahora ha sido visto por 4 millones de personas.
Ten en cuenta el punto 4, no podemos ignorar el tiempo promedio que una persona pasa en las redes sociales. Un apostolado basado en estos instrumentos nunca reemplazará el encuentro cara a cara, pero tiene su papel en la evangelización moderna.

6) Atención al lenguaje. Tendemos a dar por hecho ciertos términos, pero en la sociedad secular de hoy debemos ser prudentes. La palabra “pecado” implica al menos cincuenta significados que, sin embargo, ya no corresponden a los de la imaginación colectiva. Sin embargo, las palabras siguen siendo una categoría fundamental, que debe explicarse: es mejor comenzar a utilizar términos, realidades e imágenes más familiares. Por ejemplo, el concepto de “sufrimiento”. O de “injusticia”. Apela a esa voz interior que actúa en cada persona y le dice: “no deberías ser así”. Comienza de esta manera y gradualmente introduce el concepto de pecado, explicando lo que queremos decir con eso.

7) Primero pregunta, luego responde. Debemos aplicarnos en el arte de hacer las preguntas correctas. Cuando hacemos una pregunta, involucramos al otro, lo hacemos tomar un papel activo. Hacer una pregunta es cómo confeccionar un escenario e invitar al otro a subir. Pero es importante enseñar a hacerse las preguntas correctas, buscar la verdad, mirar dentro de uno mismo para reflexionar sobre los misterios de la vida humana. Hoy, los jóvenes han desarrollado fuertes anticuerpos contra las preguntas más profundas sobre la existencia. Depende de nosotros animarlos a que se hagan esas preguntas con libertad y seriedad: sólo entonces podremos comenzar a compartir los frutos de nuestras reflexiones.

8) Apostolado es principalmente mostrar lo que está oculto, pero existe. Los discursos demasiado elevados y difíciles sobre Dios, hoy en día, no encuentran un terreno fértil: lo cual no significa que tengamos que bajar el nivel, sino más bien encontrar el modo de transmitir la riqueza de nuestra fe en términos familiares. La gente quiere que las personas hablen con ellos y de ellos, no a ellos. No se trata de sacrificar la autenticidad del Evangelio para ser más atractivo, sino de seguir el ejemplo de Pablo (Hechos 14, 16-17): proclamar a Aquel que ya está presente entre nosotros. Por tanto invítales a descubrir a Dios desde dentro, no desde afuera. Enséñales a escuchar los deseos del corazón, la necesidad del amor, del infinito, del misterio, la verdad y la belleza. Pregúntales de dónde vienen esos deseos y hacia dónde apuntan. Ayúdales a descubrir que la fe responde a cada uno de estos deseos, que solo Cristo corresponde plenamente a su existencia.

9) Sorpréndete con la presencia de Dios en el otro. Con demasiada frecuencia estamos condicionados por la primera impresión y la forma en que vemos las cosas: una visión demasiado negativa o pesimista de la cultura actual, por difícil que sea la situación, nunca debe impedirnos mirar objetivamente al otro, descubrir en él la presencia activa y amorosa de Dios.

10) El corazón es nuestro mejor aliado, incluso con nuestros “adversarios”. El apostolado es siempre un acto de cooperación. Dios ha iniciado el camino del hombre hacia él en el momento de la creación. Las profundidades de la realidad humana han sido hechas por y para Dios. Así que los elementos verdaderamente humanos están de nuestro lado, porque todo lo que es auténticamente humano ha sido asumido y reconciliado mediante la encarnación de Jesucristo. En el momento en que consideres al otro como un adversario y no como un hermano o hermana a quien tratas de acercar a Cristo, has perdido. Incluso aquellos que abiertamente se oponen a la Iglesia de Cristo deben ser tratados como el hijo pródigo, y nunca como un “diferente” hostil, por mucho que se comporte como tal. Hacer así no significa abandonar la batalla cultural o rendirse a quienes intentan introducir situaciones de ruptura en la sociedad. Por el contrario, motivados por el amor a nuestros hermanos y hermanas, debemos ser infatigables en el esfuerzo de evangelizar. La guerra cultural contra el cristianismo es un hecho, es suficiente observar a los cristianos perseguidos, incluso hoy: dicho esto, debemos poner en la “luchar” el mismo amor de Cristo crucificado, apuntando a la conversión en lugar de a la victoria, como la entiende el mundo.

11) Primero el encuentro, luego el cambio. Habla sobre todo con gestos de caridad, con una actitud amistosa. Lleva a tu amigo a un encuentro con el amor y deja que ese amor dé como fruto la conversión moral. En un mundo poblado de ideales, debemos permanecer firmes en la ética católica y la doctrina social: cuando tratamos de acompañar a los demás a estas verdades debemos seguir el ejemplo de Cristo y Zaqueo (Lc 19: 1-10). Zaqueo era un pecador público, no solo codicioso sino también traidor, como colaborador de los romanos. ¿Y qué hace Jesús? ¿Le grita: “Eres un tramposo, un falso, un ladrón”? No, en absoluto, le invita a comer juntos, un signo de perdón y comunión gratuita con Dios. ¿De qué hablaron? No se sabe con certeza, pero es fácil suponer que Jesús le hizo comprender que lo entendía, que conocía sus dificultades y sus pecados, pero que, sin embargo, lo amaba. El encuentro con este amor transforma a Zaqueo y le da motivos y fuerza para cambiar.

12) Encuentro significa contacto. La técnica apostólica de Cristo estuvo en su encarnación. Él no habló desde arriba. Él no envió sus mandamientos por correo electrónico, ni publicó un manual de vida cristiana. Él vino. Permitió que lo vieran, escucharan, tocaran. Una de las mayores paradojas del cristianismo reside en el hecho de que el mensajero es más importante que el mensaje.
O, si lo prefieres: el Mensajero es el Mensaje.
La mejor manera de hablar de Dios, de hacer apostolado, es ponerse en contacto con las personas. Entrar en sus vidas, pasar tiempo juntos, caminar juntos en la vida cotidiana. No les envíes enseguida a un lugar o a un libro, déjales escuchar la fe de tu boca, que toquen esa fe a través del amor que les das.
Este encuentro-contacto se realiza a través de la oración. Curiosamente, la mejor manera de hablar a una persona de Dios es guiarla hacia Él y luego guardar silencio. Por supuesto, en estos tiempos rezar no es fácil para la mayoría de la gente – especialmente para los jóvenes – aunque afortunadamente no faltan excepciones. Dicho esto, si no pretendemos llevarlos a un encuentro directo con Dios mediante la oración y los sacramentos, estamos completamente fuera del camino.

13) Uno no da lo que no tiene. Tal vez este debería ser el punto número 1 de la lista. Evangelizar es mucho más que compartir ideas, es más bien compartir una relación, ofrecer a las personas la amistad con Cristo. Si no estamos apasionadamente enamorados de Cristo, si no nos hemos dejado capturar por su misterio y su reconciliación, ¿qué podemos ofrecer? ¿De qué estamos hablando? ¿Cómo podemos hablar de quién nunca hemos conocido realmente? Esto significa que el primer acto verdadero de apostolado es convertirnos a nosotros mismos.

Garrett Johnson
(Catholic-link.com)

Cómo hablar de Dios en público

1. No te desesperes

Es una reacción natural comenzar a sudar, hablar más rápido y más fuerte, e incluso exasperarte. No te desesperes ni entres en pánico. No hagas sentir a nadie que estás sufriendo intentando hacer algo que no debería ser incómodo (aunque lo sea). Recuerda quien te puso ahí, recuerda cuál es tu motivación. No se trata de decir todo y salir corriendo, se trata de transmitir un mensaje que vives. Significa comunicar algo realmente importante que puede cambiar la vida de las personas.

2. Con audiencias grandes: sé cercano

Es difícil mantener a un gran número de personas completamente atentas a lo que estás intentando compartir y comunicar. Evita comenzar por la información dura: cosas como fechas, datos estadísticos, citas textuales y grandes cantidades de texto; todo eso que hace que la gente se disperse y se distraiga. Cuando la audiencia es grande es más fácil llegar al corazón que a la cabeza. Comienza por ahí. En Chile decimos «tocar la fibra», que se refiere a interpelarlos más que con contenidos concretos, con experiencias y con ideas que les hagan sentido. Hazlos emocionarse como tú estás emocionado.

3. Con audiencias pequeñas: dirígete a ellos como te dirigirías un amigo

No esperes que se conmuevan hasta las lágrimas cuando les cuentes una historia, tampoco que rían al punto de rompen en aplausos y carcajadas. Las audiencias pequeñas son un buen lugar para ser concreto, pues es más fácil mantenerlos atentos, mirarlos a los ojos y hablarles por su nombre, como con los amigos. Las audiencias pequeñas son un buen escenario para dar números, fechas, listas de cosas, datos históricos y cualquier tipo de contenido teórico que sea más cercano al mensaje, todo esto acompañado de tu experiencia personal.

4. Transmite una experiencia, no entregues una información

«El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» ( Evangelii nuntiandi, n. 41).
Por lo tanto, tomando las palabras del Papa Pablo VI, aunque el mensaje que compartas contenga contenidos y doctrina, el gancho que mantendrá a tu audiencia atenta es tu testimonio de vida y tu «ser cristiano en la vida real» más que en los libros. Pero no olvides que es fundamental el contenido. No te quedes pegado en la anécdota, también necesitamos estructura y una base sólida, sino no sabemos dónde iremos a parar.

5. ¡Ve al punto!

«Lo que pasa es que lo que quiero decirte te lo quería decir pero no estoy seguro de poder decírtelo porque al decirlo la verdad es que no te lo estoy diciendo…». No des vueltas o los vas a marear. Si lo que tienes para compartir es breve, pues sé breve. No es necesario que te extiendas más allá de lo necesario y que el querer complementar una idea te haga zarandearte de un lado para el otro sin ser concreto y puntual. Nada más revisa de vez en cuando el twitter del Papa Francisco, que en menos de 140 caracteres nos da tremendos mensajes y no necesita de toda una hora.

6. El humor es un buen ingrediente

No tienes que preparar una rutina de «stand up comedy», tampoco tener una lista de chistes escritos para salir del paso cuando todos se distraigan (aunque a veces sirve tener alguno bajo la manga por si las moscas).
Es un dato, que algunos santos tenían una notable vena humorística, incluso supieron utilizarlo para transmitir el propio carisma. Tal es el caso —entre muchos— de San Juan Bosco que hasta tenía que hacer de mago y equilibrista Santa Teresa de Ávila, con un gran sentido del humor pero pasando por momentos difíciles y muchas pruebas, dijo a Dios en oración: «Si esta es la forma en que tratas a tus amigos, ¡No es de extrañar que tengas tan pocos!». Se trata de que seas tú, espontáneo, alegre y natural –obviamente guardando los cuidados de solemnidad si la ocasión lo requiere–. Usa el humor a tu favor, hazlos reír, ríete con ellos, pero nunca te rías de ellos.

7. Los santos son un excelente ejemplo. Conoce sus historias y dalas a conocer

Conocer las historias de los santos es importante, no solo porque inspiran nuestras vidas y son un modelo en cuanto al seguimiento de Cristo, sino porque además son una fuente inagotable de anécdotas, historias entretenidas y testimonios de fragilidad humana pero lucha y santidad, que de seguro te ayudarán a ejemplificar lo que sea que quieres comunicar.
Cada vez que puedas, estudia la vida de algún santo, tener ese conocimiento fresco en tu memoria no solo te ayudará a salir del paso con una buena historia, sino que es la Iglesia misma la que se pone contigo adelante para hablar de Dios.

8. Prepárate no solo teóricamente

Está muy bien que estudies y te prepares, de hecho sería una irresponsabilidad si no lo hicieras. Dominar lo que estás compartiendo es crucial cuando la audiencia se pone cuesta arriba. También es importante que prepares un buen material, ya sean diapositivas o un texto que desees entregar a todos los asistentes. Tener un buen soporte que compartir siempre facilita las cosas. Pero lo más importante es que inviertas tiempo de oración por esas personas, por ti, por tu conversión, para que seas un mejor apóstol. No significa que si las cosas no salen como esperabas es porque rezaste mal o poco. Dios no toma venganza, pero a través de la oración es cómo nos encontramos con Dios para poder transmitirlo.

9. No te quedes con los estereotipos, conoce a tu audiencia

No juzgues a quien tienes al frente y no te quedes con su apariencia. Muchas veces nos hacemos de estereotipos, sobre todo con los jóvenes y con la gente mayor. No caigas en generalizaciones, cada uno es un ser único, por lo tanto dale la oportunidad de sorprenderte. El desafío es mantenerte constantemente actualizado para saber qué cosas están haciendo en su tiempo libre, que ven en televisión e Internet, como gastan su dinero y sus energías. Al mismo tiempo piensa en cómo eres tú cuando formas parte de una audiencia. Yo me he descubierto sentado viendo las mejores charlas de mi vida pero echado atrás sobre la silla, de brazos cruzados, mirando el techo, muy serio y aparentemente distraído, pero mi corazón estaba completamente ahí. Considera la posibilidad de que, quienes se ven tan apáticos frente a ti, están siendo tocados no solo por tu mensaje, sino por Dios, aunque no le hayan avisado a su cara.

10. Recuerda que no es una disertación, ¡es tu vida!

Aunque estés en una clase en el colegio o en una reunión de catequesis donde sí o sí debes abordar algunos contenidos, el fondo de todo es que estás hablando de algo que te mueve las entrañas. Que eso nunca deje de ocurrirte. Tener la oportunidad de poder enseñar, formar y acompañar a otros en la fe es un regalo y como apóstol que eres, deberías vibrar de pasión por estar ahí. Por lo tanto, como estás compartiendo algo que le da sentido a tu vida, considera hacerlo con pasión, dejar en corazón en la cancha, darlo todo, aunque sea una reunión para tres o cuatro personas.
«Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos ‘especialistas’, sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos» (Carta Novo millennio ineunte, n. 40).

11. Evita el lenguaje complicado

Hay ocasiones en que el lenguaje puede crear barreras de comunicación, prestándose para burlas, malas interpretaciones o definitivamente para que no entiendan nada de lo que quieres decir. Imagina que estás en una actividad de evangelización y una de tus diapositivas los invitas a ser apóstoles y titulas: «Sean pescadores de hombres». Nosotros aquí dentro de la barca te entendemos, pero seguro más de alguien lo va a mal interpretar. La lista de cosas que solo nosotros entendemos es inmensa, cuida esas expresiones para comunicarte mejor con quien no está familiarizado. Hay conceptos teológicos y filosóficos que para la mayoría de la gente no son familiares. Un evangelizador es un traductor que explica las enseñanzas de la Iglesia al lenguaje accesible a todos.

12. A veces simplemente hay que callar

Aunque han sido pocas veces, me ha pasado que quienes están frente a mí, no sólo son apáticos o están distraídos, sino que son agresivos, cuestionadores e incluso violentos en su lenguaje. Ciertamente no le deseo a nadie estar en una situación así, pues es muy incómoda. Debemos aprender que hay ocasiones en que debemos aprender a hacer silencio. No es dar la pelea por perdida, se trata de discernir que hay ocasiones en que no vale la pena dar ninguna pelea pues carece de sentido. En mi experiencia, cuando alguien desea atacar a la fe, a la Iglesia y a Dios, eso es lo que quiere: atacar, y digamos lo que digamos, no le haremos cambiar de opinión. Lo único que lograremos es que se radicalice más su postura y nosotros en la nuestra quedando cada vez más lejos el uno del otro. ¿Sirve de algo esa discusión?

13. Encomíendate al Espíritu Santo

Sebastián Campos
https://catholic-link.com/13-consejos-ser-apostol-ambiente-dificil/