Cómo hablar de Dios hoy (Garret Johnson)


La vida como un gran parque de atracciones, sin preocupaciones, sin reglas ni autoridad. Es decir, no me hablen del pasado, de la patria, de los padres, porque vivo ahora. Y ahora soy el rey de mi vida.
Una mirada rápida a la cultura juvenil contemporánea nos lleva a la pregunta: ¿cómo hablar de Dios hoy? ¿Cómo ser auténticos evangelizadores en la Nueva Evangelización?

1) Hablar de Dios nunca ha sido fácil, ni lo será. Si Dios se convierte en atractivo como el “Iphone” es que ya no estamos delante del Dios que Jesús nos ha revelado, sino más bien de alguien que se parece al Mesías que esperaban los que lo crucificaron.

2) La maravilla atrae, la predicación aleja. Cuando se trata de hablar de Dios, nadie puede llamarse a sí mismo un “maestro”, y cualquiera que se comporte como tal termina irritando a los demás. En su lugar, debemos tener la actitud de los niños, impresionados por la maravilla de un misterio que nos ha conquistado y se ha apoderado de nuestra existencia; ser como Moisés cuando se quitó las sandalias frente a la zarza ardiente. O como el discípulo que corre en busca de su amigo para decirle “¡ven y ve!” (Juan 1,46). Esta maravilla es el centro de la pasión y el fuego interno que nos impulsa a quemar todo el mundo.

3) Has de saber por qué estás hablando. En la cultura contemporánea, el porqué es de poco interés. Queremos resultados, soluciones, eficiencia, etc. Hablar de Dios, hoy en día, ¿para qué sirve? ¿Qué problemas nos soluciona? De hecho, es todo lo contrario: reconocer la presencia de Dios a menudo complica las cosas. Pero en este punto debemos adoptar una lógica diferente: Dios no existe para servir o ser útil, sino para ser servido. Paradójicamente, en la medida en que servimos, recibimos. Pero funciona en este orden. La nueva evangelización sin duda significa renovar el cómo, pero si no renovamos el porqué, vamos a acabar cayendo en una especie de activismo entusiasta que con el tiempo se agotará.

4) Has de saber con quién estás hablando. No hay mayor error, cuando uno hace apostolado que hablar antes de escuchar. Por el contrario, lo que decimos debe ser en respuesta a lo que hemos escuchado. Se trata de escuchar no solo las palabras pronunciadas, sino también saber “leer” deseos, temores, historias, sueños. Como dijo el teólogo Karl Barth, una buena predicación debe hacerse con la Biblia en una mano y un periódico en la otra. Es imposible hacer un buen apostolado si no se entienden las personas, la cultura.
Pregúntate cuánto has intentado comprender la cultura contemporánea. En realidad, solo en el misterio del Verbo encarnado, el misterio del hombre encuentra la luz verdadera (Gaudium et Spes, 22).
Pero ten cuidado de no depender de los “expertos” autodenominados en el campo de la juventud. La investigación psicológica -cuantos miles de millones se invierten en ella- revela algunas características del hombre, pero nunca puede reemplazar el conocimiento de lo humano al que podemos llegar a través de Cristo. La verdadera “experta en humanidad” es la Iglesia, porque ofrece el mensaje de Cristo. Él conoce el corazón del hombre y solo escuchándolo comprenderás cómo penetrarlo.

5) No te canses de buscar métodos creativos. ¿Cuántas noches pasan los anunciantes de Coca Cola para exprimir sus cerebros y comprender cómo abrirse paso entre el público? ¿Hacemos lo mismo? Los nuevos medios son fundamentales. Por alguna extraña razón, usando sistemas tradicionales podemos repetir un concepto incluso 50 veces sin que nadie nos escuche. Tomemos, por ejemplo, ese padre de familia que no podían dejar claro a los niños que debían cambiar el rollo de papel higiénico cuando se gastaba: como no le escuchaban decidió hacer un video, que hasta ahora ha sido visto por 4 millones de personas.
Ten en cuenta el punto 4, no podemos ignorar el tiempo promedio que una persona pasa en las redes sociales. Un apostolado basado en estos instrumentos nunca reemplazará el encuentro cara a cara, pero tiene su papel en la evangelización moderna.

6) Atención al lenguaje. Tendemos a dar por hecho ciertos términos, pero en la sociedad secular de hoy debemos ser prudentes. La palabra “pecado” implica al menos cincuenta significados que, sin embargo, ya no corresponden a los de la imaginación colectiva. Sin embargo, las palabras siguen siendo una categoría fundamental, que debe explicarse: es mejor comenzar a utilizar términos, realidades e imágenes más familiares. Por ejemplo, el concepto de “sufrimiento”. O de “injusticia”. Apela a esa voz interior que actúa en cada persona y le dice: “no deberías ser así”. Comienza de esta manera y gradualmente introduce el concepto de pecado, explicando lo que queremos decir con eso.

7) Primero pregunta, luego responde. Debemos aplicarnos en el arte de hacer las preguntas correctas. Cuando hacemos una pregunta, involucramos al otro, lo hacemos tomar un papel activo. Hacer una pregunta es cómo confeccionar un escenario e invitar al otro a subir. Pero es importante enseñar a hacerse las preguntas correctas, buscar la verdad, mirar dentro de uno mismo para reflexionar sobre los misterios de la vida humana. Hoy, los jóvenes han desarrollado fuertes anticuerpos contra las preguntas más profundas sobre la existencia. Depende de nosotros animarlos a que se hagan esas preguntas con libertad y seriedad: sólo entonces podremos comenzar a compartir los frutos de nuestras reflexiones.

8) Apostolado es principalmente mostrar lo que está oculto, pero existe. Los discursos demasiado elevados y difíciles sobre Dios, hoy en día, no encuentran un terreno fértil: lo cual no significa que tengamos que bajar el nivel, sino más bien encontrar el modo de transmitir la riqueza de nuestra fe en términos familiares. La gente quiere que las personas hablen con ellos y de ellos, no a ellos. No se trata de sacrificar la autenticidad del Evangelio para ser más atractivo, sino de seguir el ejemplo de Pablo (Hechos 14, 16-17): proclamar a Aquel que ya está presente entre nosotros. Por tanto invítales a descubrir a Dios desde dentro, no desde afuera. Enséñales a escuchar los deseos del corazón, la necesidad del amor, del infinito, del misterio, la verdad y la belleza. Pregúntales de dónde vienen esos deseos y hacia dónde apuntan. Ayúdales a descubrir que la fe responde a cada uno de estos deseos, que solo Cristo corresponde plenamente a su existencia.

9) Sorpréndete con la presencia de Dios en el otro. Con demasiada frecuencia estamos condicionados por la primera impresión y la forma en que vemos las cosas: una visión demasiado negativa o pesimista de la cultura actual, por difícil que sea la situación, nunca debe impedirnos mirar objetivamente al otro, descubrir en él la presencia activa y amorosa de Dios.

10) El corazón es nuestro mejor aliado, incluso con nuestros “adversarios”. El apostolado es siempre un acto de cooperación. Dios ha iniciado el camino del hombre hacia él en el momento de la creación. Las profundidades de la realidad humana han sido hechas por y para Dios. Así que los elementos verdaderamente humanos están de nuestro lado, porque todo lo que es auténticamente humano ha sido asumido y reconciliado mediante la encarnación de Jesucristo. En el momento en que consideres al otro como un adversario y no como un hermano o hermana a quien tratas de acercar a Cristo, has perdido. Incluso aquellos que abiertamente se oponen a la Iglesia de Cristo deben ser tratados como el hijo pródigo, y nunca como un “diferente” hostil, por mucho que se comporte como tal. Hacer así no significa abandonar la batalla cultural o rendirse a quienes intentan introducir situaciones de ruptura en la sociedad. Por el contrario, motivados por el amor a nuestros hermanos y hermanas, debemos ser infatigables en el esfuerzo de evangelizar. La guerra cultural contra el cristianismo es un hecho, es suficiente observar a los cristianos perseguidos, incluso hoy: dicho esto, debemos poner en la “luchar” el mismo amor de Cristo crucificado, apuntando a la conversión en lugar de a la victoria, como la entiende el mundo.

11) Primero el encuentro, luego el cambio. Habla sobre todo con gestos de caridad, con una actitud amistosa. Lleva a tu amigo a un encuentro con el amor y deja que ese amor dé como fruto la conversión moral. En un mundo poblado de ideales, debemos permanecer firmes en la ética católica y la doctrina social: cuando tratamos de acompañar a los demás a estas verdades debemos seguir el ejemplo de Cristo y Zaqueo (Lc 19: 1-10). Zaqueo era un pecador público, no solo codicioso sino también traidor, como colaborador de los romanos. ¿Y qué hace Jesús? ¿Le grita: “Eres un tramposo, un falso, un ladrón”? No, en absoluto, le invita a comer juntos, un signo de perdón y comunión gratuita con Dios. ¿De qué hablaron? No se sabe con certeza, pero es fácil suponer que Jesús le hizo comprender que lo entendía, que conocía sus dificultades y sus pecados, pero que, sin embargo, lo amaba. El encuentro con este amor transforma a Zaqueo y le da motivos y fuerza para cambiar.

12) Encuentro significa contacto. La técnica apostólica de Cristo estuvo en su encarnación. Él no habló desde arriba. Él no envió sus mandamientos por correo electrónico, ni publicó un manual de vida cristiana. Él vino. Permitió que lo vieran, escucharan, tocaran. Una de las mayores paradojas del cristianismo reside en el hecho de que el mensajero es más importante que el mensaje.
O, si lo prefieres: el Mensajero es el Mensaje.
La mejor manera de hablar de Dios, de hacer apostolado, es ponerse en contacto con las personas. Entrar en sus vidas, pasar tiempo juntos, caminar juntos en la vida cotidiana. No les envíes enseguida a un lugar o a un libro, déjales escuchar la fe de tu boca, que toquen esa fe a través del amor que les das.
Este encuentro-contacto se realiza a través de la oración. Curiosamente, la mejor manera de hablar a una persona de Dios es guiarla hacia Él y luego guardar silencio. Por supuesto, en estos tiempos rezar no es fácil para la mayoría de la gente – especialmente para los jóvenes – aunque afortunadamente no faltan excepciones. Dicho esto, si no pretendemos llevarlos a un encuentro directo con Dios mediante la oración y los sacramentos, estamos completamente fuera del camino.

13) Uno no da lo que no tiene. Tal vez este debería ser el punto número 1 de la lista. Evangelizar es mucho más que compartir ideas, es más bien compartir una relación, ofrecer a las personas la amistad con Cristo. Si no estamos apasionadamente enamorados de Cristo, si no nos hemos dejado capturar por su misterio y su reconciliación, ¿qué podemos ofrecer? ¿De qué estamos hablando? ¿Cómo podemos hablar de quién nunca hemos conocido realmente? Esto significa que el primer acto verdadero de apostolado es convertirnos a nosotros mismos.

Garrett Johnson
(Catholic-link.com)

Cómo defender la fe

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1. En lugar de enfadarte, reformula
Hay que buscar los valores cristianos escondidos bajo esa crítica y aceptarlos. Después hay que reformular la historia colocando a la Iglesia en el lugar que honradamente le corresponde.

Por ejemplo, si se acusa a la Iglesia de no preocuparse por el problema del sida en África se puede recoger así el valor cristiano compartido: “A ti te preocupan los enfermos de sida en África, y también a mí, y a la Iglesia, porque Cristo enseña a cuidar a los enfermos. Todos coincidimos en esto y debemos colaborar en este esfuerzo”.

Y podemos reformular el tema dando el contexto real: “Precisamente, la Iglesia es quien atiende al 75% de los enfermos de sida en África, y a casi todos los de zonas remotas, con la Fundación El Buen Samaritano ha ayudado a retrovirales accesibles en países pobres y sus estrategias contra la pandemia, enraizadas en la población local, defendiendo la abstinencia, la fidelidad matrimonial y la reducción de parejas, son las medidas que han funcionado bien, como demuestran el caso de Uganda, Zimbabue y Kenia y, por ejemplo, los estudios del epidemiólogo Edward Green”.

2. Echa luz, no leña al fuego; iluminemos, no acaloremos
El objetivo es comunicar, iluminar, que se entienda qué defiende la Iglesia y por qué. Por eso se explican las cosas con calma. Son conversaciones, a menudo breves y en entornos complicados, en las que no podemos pretender convertir a nadie (aunque, si sucede, bendito sea Dios) sino echar luz en un tema confuso que la gente no entiende.

Señalar con el dedo y regañar no ayuda a evangelizar: se trata de iluminar un tema sin acalorar a nadie; ¡luz, no calor!

3. Piensa en triángulos
El Papa Francisco a menudo reduce sus homilías a tres ideas o tres puntos, porque es una forma eficaz de comunicar. De igual forma, en un diálogo oral, un encuentro breve, una charla informal, en la que vas a tener poco tiempo, es bueno tener 3 ideas claras, incluso memorizadas, y poder decirlas. Si las cosas se ponen feas (no dejan hablar, hay ataques que se salen de tema, un brillante interlocutor ha secuestrado la charla) siempre puedes decir: “Mira, ¿puedo simplemente decir 3 cosas?”

De esas tres cosas, la primera ha de recoger el valor positivo del interlocutor (“Mira, te preocupa el sida en África, y también a mí y a la Iglesia”) y las otras dos lo reformulan (“por eso la Iglesia, y no otras entidades, atienden al 75% de enfermos de sida allí, y lo previene con campañas eficaces de prevención, como demuestran los casos de Uganda, Kenia y Zimbabue, donde con campañas de fidelidad y abstinencia se han reducido los contagios”).

4. La gente no recuerda qué dijiste, sino qué sintió al escucharte
La Verdad, por sí sola, no convence tanto como la Verdad expresada de forma educada, empática, clara y amable. No se trata de “emitir ideas”, como una máquina, sino de tener un trato interpersonal, un encuentro, un conocerse mutuamente y compartir un rato, sentimientos, pasiones y preocupaciones… Tu interlocutor, ¿quedará con ganas de seguir tratándote, de acudir a ti y consultarte… o se sentirá atacado cuando hables y aliviado cuando calles? Los sentimientos del interlocutor son más importantes a la hora de comunicarse entre humanos que la exactitud del discurso.

5. No lo digas, muéstralo
La gente prefiere un testimonio personal antes que una argumentación filosófica. La gente quiere oír cosas que se puedan imaginar. Si hablas del sida en África, ¡lo mejor es que hayas estado en África y cuentes lo que has visto y tocado!

Si no has estado en África, describe lo que cuentan los que sí han estado: dispensarios remotos, monjas con retrovirales en canoa que llegan a poblados de cabañas de paja donde no va nadie, enfermos que piden algo tan sencillo como vitaminas o comida, jefes, ancianos y familias que se reúnen para hablar de cómo enseñar la fidelidad matrimonial a los jóvenes, etc…

6. Acuérdate de decir “sí”
A menudo al católico se le pregunta ¿“por qué estáis en contra de tal cosa”? Es una trampa: hablar “en contra” te dará mala imagen, a ti y a la iglesia, y tu comunicación será ineficaz. El contertulio pensará en la Iglesia como en una antipática policía moral, en vez de ver un testimonio del amor de Dios, como Madre Teresa. Hay que reformular el tema para explicarlo en positivo.

Por ejemplo, si preguntan “¿por qué estáis en contra del preservativo en África?” se puede responder que “estamos a favor de la vida, de las familias, de combatir el sida de forma realmente eficaz, cosa que el preservativo no consigue en el contexto africano; estamos a favor de cambiar los hábitos para que sean más sanos, como los mismos africanos defienden y han demostrado en Uganda, Kenia y Zimbabue: monogamia, abstinencia hasta el matrimonio, atención a los enfermos…”

7. La compasión importa
Mucha gente ha sufrido abusos, traumas sexuales, malos tratos por parte quizá de algún eclesiástico… o experiencias duras de enfermedad, dolor, infertilidad, deseos frustrados… y descarga eso contra la Iglesia y contra Dios. Si hablas con ellos, o hablas sobre ellos (enfermos que sufren y piden la eutanasia, madres asustadas que creen que necesitan abortar, etc…) has de dejar claro que sientes compasión, solidaridad, que los entiendes en sus sentimientos, que empatizas. La Iglesia es madre y las madres se duelen con sus hijos dolidos. Los enemigos de la Iglesia la presentarán una y otra vez como una máquina fría, insensible. Como voz católica, en encuentros personales, muchas veces, en vez de dar argumentos, habrás de mostrar compasión, acogida y escucha.

8. Las cifras son complicadas y no convencen mucho
“Las estadísticas pueden resultar abstractas e inhumanas, o simplemente una tapadera. No es extraño que, cuando un político las usa, la gente piense que está mintiendo. No bases la argumentación en cifras y datos, aunque puedes usarlos para ilustrar el argumento principal”, enseña el modelo de Catholic Voices, pensando sobre todo en el coloquio hablado. Además, hay que simplificar las cifras: no digas “un 33,5%” sino “uno de cada tres”. Con todo, en una exposición por escrito, o con gráficos visuales, pueden ayudar.

9. Se trata de dar testimonio, no de vencer a nadie
La gente casi nunca cambia de mentalidad ante un argumento firme, sino ante una realidad visible… que suele ser una persona. Por ejemplo, quien veía a la Iglesia como fría e insensible puede cambiar al ver cristianos empáticos y compasivos. Para que “se vea”, el cristiano ha de testimoniarlo. Los interlocutores hostiles a Jesús le tendían muchas trampas y mostraban su fuerte oposición, pero Él respondía sin violencia y sin victimismo. La mentalidad de “ganar la argumentación”, o peor aún, “hundir al otro” no sirve para dar testimonio, no ilumina.

10. No se trata de ti
Como Juan el Bautista, el cristiano anuncia a alguien más grande, Cristo y su Iglesia, y se retira, sin protagonismos. Es bueno rezar antes de un debate, charla, encuentro… y ponerlo en manos de Dios, saber que es cosa Suya, no tuya. Hay que pedir al Espíritu Santo que hable a través de ti. E incluso si lo haces mal, puedes aprender en cada ocasión sabiendo que lo pones en manos de Dios y vas a intentar mejorar.

En Catholic Voices, antes de una intervención, rezan una oración pidiendo “los dones del Espíritu Santo que necesitamos para este trabajo, en especial los de sabiduría, dulzura, valor y alegría” y solicitando la intercesión de la Virgen Trono de Sabiduría, de San Juan XXIII, de San Juan Pablo II y de los beatos Tito Brandsma, Catalina de Siena y cardenal Newman.

Yago de la Cierva y Austen Ivereigh, “Cómo defender la fe”

Sólo semillas

semillas
Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad». Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó: «Por favor, ¿ qué venden aquí ustedes?» «¿Aquí? —respondió en ángel—. Aquí vendemos absolutamente de todo». «¡Ah! — dijo asombrado el joven—. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos…» Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: «Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.» En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar mimosa-mente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma.

Y con la paz ocurre lo mismo. Hay quienes gustarían de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su casa o para el mundo.

Claro que a la gente este negocio no le gusta nada. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: «Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.

Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender esta última frase como una herejía. Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «victimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo… menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía: «Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.» Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.

José Luis Martín Descalzo, “Razones para la esperanza”